viernes, 21 de octubre de 2016

Abel Azcona trae a Valencia su performance sexual más extrema




“Buscamos nueve hombres entre dieciocho y veintiséis años para participar performativamente en la inauguración sin miedo al desnudo, consumo de drogas o prácticas sexuales”. 
Hace unos días que el artista Abel Azcona publicó a través de sus redes sociales este anuncio, un casting que completará una de las acciones de las que más se va a hablar de la presente edición de Intramurs. Pero eso no es nada nuevo para él. El navarro lleva años provocando con trabajos de carácter religioso como Amén, pieza en la que formó la palabra ‘pederastia’ con hostias consagradas y por la que se ha tenido que sentar ante el juez, o de ámbito sexual, como Empathy and Prostitution, en el que expuso su cuerpo desnudo para que el espectador pudiera usarlo a su gusto durante tres minutos a cambio de un euro, un dólar o cien pesos, pues fue llevada a cabo en Madrid, Houston y Bogotá. Es precisamente ésta última el origen de La guerra, que llevará al local valenciano (C/Quart, 47) en el contexto del festival Intramurs, su performance sexual más extrema hasta la fecha.
-¿Cómo se cocina La guerra?
-Mi trabajo tiene siempre una conexión directa, por mi experiencia vital, con la sexualidad, con temas de prostitución y empoderamiento a través del cuerpo. Este proyecto vuelve a un inicio de mis trabajos de 2011 y 2012, donde mi cuerpo estaba como una instalación viva en una cama y la gente podía hacer conmigo lo que considerara oportuno. Todo ello con un sentido curatorial en torno a la prostitución y la utilización del cuerpo con un objetivo sexual o de placer, pero siempre crítico, siendo una reflexión sobre mi propia experiencia personal. Mi madre era una prostituta heroinómana, creo en el empoderamiento no solo de lo bueno sino también de lo malo, a partir del dolor. Estuve en Colombia hasta hace poco ejerciendo como prostituto transexual en Santa Fe, desde entonces llevaba un tiempo sin hacer un proyecto de temática sexual, fue muy complicado.
-¿Con qué se encontrará el público en este nuevo trabajo? 
-Lo que quería era volver al Azcona del origen pero dándole una vuelta de tuerca, actualizarlo de acuerdo a mis sentimientos actuales y a lo que es Intramurs. Es interesante ver cómo el público, que quizá espera fotografía, de repente se verá en un espacio sin casi luz, con cuerpos desnudos, sexo, drogas… el 95% de la sociedad no conoce esto. Será una instalación viva con chicos y, después, estaré yo en una cama, como en Empathy and Prostitution, pero haciendo un guiño total a lo que es la prostitución. Desde una postura abolicionista, me empodero con mi propio cuerpo y lo utilizo como un discurso político, no por necesidad. En este caso voy iré más allá. Si pagas a una persona, si le pones una pistola en la cabeza, es un un tipo de es un abuso de poder, con lo que en este caso lo llevaremos al límite. Previamente me voy a inyectar una anestesia, ketamina líquida, con la que me quedaré entre dos y tres horas casi inconsciente. Esta vez la pregunta es: ¿hasta dónde puede llegar la gente? ¿Hasta dónde puede abusar sexualmente si esa persona no puede decir que no?
-Retomas la temática sexual tras Empathy and Prostitution o La calle, ¿cuál es la cualidad específica de este proyecto con respecto a este tema? 
-Tenía pendiente dar ese paso entre la consciencia e inconsciencia, me parece un reto mayor. Fue realmente sorprendente que en Bogotá más de 50 personas pasaran por mi cama y tuviera relaciones sexuales con 500 personas mirando. Ahora quiero saber hasta qué punto la gente que vaya a Intramurs es capaz de hacerlo pero con la persona totalmente inconsciente, que es claramente un abuso. Es un reto personal y de regresión a mi propia infancia porque cuando sufrí abusos, también los sufrió mi madre, era una situación en la que no podía contestar. Es una metáfora directa.
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-En este caso, además, se ha hecho una convocatoria pública para seleccionar a los hombres que te acompañarán…
-Sí, pero ellos no tendrán nada que ver con la performance en sí. Esta vez, por el tipo de evento, quería ocupar todo el espacio, no simplemente con una cama: quería algo más, algo experiencial, procesual. Con ellos estaremos toda la tarde de manera que si el espacio huele a polla será porque se ha tocado una polla. Para mi la performance debe ser totalmente real, odio la ficción. Si huele a sexo tiene que haber sexo. No voy a poner modelos. Son parte de la instalación, aunque no son performers darán olor, sabor y color al espacio.
-Por primera vez te presentarás inconsciente, ¿cuál es la reacción que esperas del público en esta ocasión?
- Hablo más de arte procesual que de performance, creo que esta se ha quedado obsoleta. Creo en generar una serie de detonantes que lance al público una serie de ideas para que ellos interactúen y construyan la pieza. Si yo me quedo en la cama las dos horas totalmente inconsciente el significado a nivel político y social es alucinante; si me tocan veinte, también lo es. Lanzo un montón de piedras al publico y ellos las usan como quieren, en este caso se trata de un cuerpo inconsciente. Tengo un pequeño riesgo vital, porque es un poco peligroso, pero eso es lo que pone al espectador entre la espada y la pared. Será un reto, siempre he llevado mi cuerpo al límite. Yo soy contrario a esa frase de Marina Abramović: “the artist is present”. Para mi es al revés, el artista tiene que desaparecer y debe quedar el concepto. En este caso está mi cuerpo pero no yo como artista, mi cuerpo acaba siendo un producto. Es una metáfora muy interesante en torno a la prostitución, al arte y al propio debate que se puede generar en el espacio.
-Puede que, efectivamente, nadie interactúe, ¿cambiaría esto la propia pieza?
-Realmente yo no creo en el fracaso, en acabar bien ni mal, son procesos. No se busca un objetivo concreto. Mis años me dicen que, aunque yo piense que no se va a sentar nadie, habrán relaciones sexuales. Lo sé. Conozco la forma de trabajar con la gente en estos proyectos, no se cortan. No se dará la opción de estar inconsciente y que nadie me toque. Es una pieza experimental, no sé qué pasará, después me despertaré y alguien me contará. Es un proceso más largo de lo que parece. Yo abro el libro pero dejo que la gente escriba.
Foto: Abel Azcona.
Foto: Abel Azcona.

-Hablamos de límites, ¿dónde están?
-Cuando una sociedad patriarcal normativa obliga a una prostituta en los años 80 a tener un hijo cuando ella quiere abortar, quiere decir que ya naces como objeto político. El único limite que puede haber es la muerte, no creo en ellos. Siempre he defendido el derecho a no nacer, desde esa postura más radical creo que el arte puede incluir en su proceso hasta la muerte. No me quiero morir mañana, pero entiendo todos esos proceso como parte de la creación y por eso utilizo el cuerpo de forma extrema.
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- Dices que el arte contemporáneo debe ser sí o sí “provocativo”. 
-Lo entiendo todo como provocación. Vivimos en un mundo totalmente anestesiado y precisamente lo que hay que hacer, no solo desde el arte, es romper esa destrucción que sufrimos a diario. Debemos crear una respuesta y ser detonantes transformadores. Quiero un espectador al que, si hace falta, su boca le sepa a mi polla, no que vea un cuadro y luego se olvide. Como artista no podemos permitir eso, el arte debe ser transformador, político y arrojadizo. La provocación está implícita, debe provocar sentimientos, lagrimas o vómitos. Un proyecto como este cuesta mucho hacerlo, los espacios ponen trabas, luego irá gente que se quejará… es lo que pasa siempre con mi trabajo. Si me odian ya es algo.
- Si la sociedad está anestesiada, ¿también el arte actual?
- En parte es muy cómodo y mediocre. Del panorama actual español me quedo con muy pocos. No se ha entendido en el momento en el que estamos políticamente, de revulsión, de cambio. El arte es esa herramienta que puede detonar los cambios, pero todavía no se cree, Seguimos teniendo artistas que salen de la facultad y hacen cuatro fotos y una instalación sin ningún sentido en el suelo, seguimos sin usar el arte como herramienta crítica. Un 95% de los artistas son mediocres. No tiene que ser solo con temáticas negativas y de dolor, pero si no has transformado el espacio he perdido el tiempo.
-Hablamos de política y sexo, pero algunas de las reacciones más notorias han sido con trabajos como Amén o Eating a Koran, ¿qué papel juega la religión?
- Para mi la religión no deja de ser una epidemia que toca lo político. Me crié con una familia navarra del Opus Dei, son una serie de asociaciones, como la Iglesia Católica, que incitan al odio para crear un sistema de control, de autoridad y que provoca que haya violencia machista, homófoba… tienen responsabilidad. Estamos en un proceso de descristianización, en una batalla política y artística en la que se debe luchar por la justicia y porque haya ciertos colectivos que no reciban odio. La religión está pasada de siglo y, hoy en día, debemos acabar con esta lacra. He hecho piezas pequeñas, pero cada vez que hago una tengo una montada… ahora estoy con un proceso que me piden cárcel, pero es necesario.
-¿Cuáles han sido las consecuencias? ¿has notado una evolución con la madurez del publico?
- Soy consciente de que la mayoría de las piezas que acciono tienen detonantes. De hecho, a los que no le gusta se vuelven parte de la misma. Si yo estoy denunciando el fundamentalismo religioso, qué mayor prueba es que me amenacen de muerte, que hayan mil personas en la puerta de una exposición... Con los años me doy cuenta de que es al revés, estando en un proceso de cambio ahora saltan mucho más que hace cinco años, cada vez están más radicalizados, de una forma más reaccionaria y peligrosa. Si me como un libro del Corán, por lo que he tenido que llevar escolta durante años, y me acaban pegando un tiro, ¿qué hay más evidente a nivel crítico y político que eso? Consiguen lo contrario de su objetivo. Si cuando puse las hostias nadie hubiese dicho nada las hubieran visto 3.000 personas, pero al final fueron 15.000 y tuvo repercusión internacional. Ellos crearon la pieza por mi, yo estoy agradecido. Ahora he expuesto en un museo esas reacciones como pieza artística, los sacerdotes que se radicalizaron por mi trabajo son bastante mejores performers que yo.

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