viernes, 21 de octubre de 2016

El arte de colgar un cuadro


El arquitecto Álvaro Siza construye los espacios para la exposición de Miró en Oporto



El arquitecto Álvaro Siza, en su estudio con los planos de la exposición.  ANA BRIGIDA
La fiesta de los pájaros y las constelaciones sale del camión en brazos de seis personas. “Al comedor”, ordena Inés Venade. “Bajen antes todos los estores”. Venade es the register, la responsable de certificar el transporte de cada obra y el mínimo incidente si lo hubiera. La fiesta de los pájaros y las constelaciones(1974) es una de las estrellas de la histórica exposición que prepara en Oporto la Fundación Serralves y que abrirá al público el sábado. Un lienzo de apenas dos palmos de largo pero con cuatro metros de altura. La caja que contiene el óleo se deja en el suelo a la espera de ser colgado.
Álvaro Siza Vieira recibió este verano un encargo insólito: colgar 85 cuadros de Miró en una casa. “En más de medio siglo de carrera tan solo hubo un precedente, una colección de fotos, que dispuse en mesas”, recuerda el laureado arquitecto, premio Pritzker 1992. “Entonces, como ahora, el problema era el mismo. El lugar de la exhibición es una monumento nacional y no se puede tocar nada”. La Casa Rosa de la Fundación Serralves es la mayor muestra portuguesa de art decó. Un capricho loco del conde de Vizela, que contrató a los mejores artesanos europeos para levantar esta casa, testimonio único de los años treinta.
Siza despliega planos y más planos. “No se pueden herir las paredes ni los techos. La casa tiene una carga expresiva muy fuerte, y Miró también. ¿Cómo conciliar esos dos mundos?”. El arquitecto se reunió con el comisario de la exposición Robert Lubar y la directora artística del museo Serralves, Suzanne Cotter. “Les propuse mantener la casa sin intervención. Consideré que Miró no podía perjudicar a la casa, pero tampoco la casa a Miró. Me vinieron a la cabeza imágenes de los estudios de Picasso y Miró. Es curioso que los dos tuvieran sus obras esparcidas por el suelo en casa barrocas, recargadas. Esas dos riquezas se potencian”. Siza desechó la primera idea del estudio “porque no había tiempo y daba muchos problemas de seguridad y de seguros. Llegamos a una solución intermedia para la colocación de los cuadros: crear unos paneles independientes de las paredes, pero de su mismo color”.

“Pensamos paneles colectivos y paneles específicos para cuadros que medían cuatro metros. También los suelos de tablas de distintos tonos fuertes tenía un protagonismo que no podíamos olvidar”. Y así, Siza fue llenando su estudio de planos, con visión cenital, de frente, de perfil, para visualizar al máximo el trabajo de los carpinteros y pintores.
“Yo trabajaba sobre la disposición pensada por el comisario. Le mandaba un plano para el trípode de La fornarina y él lo rectificaba, o no, en función del espacio. Al final llegamos a acuerdos”. La iluminación de la casa no servía, pero tampoco los focos podían colgar de los techos. “Incorporé el canal eléctrico en cada panel, lo que nos permitía redirigir la luz exacta a cada cuadro. Afortunadamente, las paredes tienen tomas eléctricas de origen”.


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Varios 'mirós, apoyados en las paredes antes de ser colgados. ANA BRIGIDA


Esos marcos

En cada plano figura en miniatura el cuadro que va y la distancia entre los paneles. “Forman ángulos, pero nunca cerrados. Dejo que fluya el espacio entre ellos. Es frecuente la crítica de que el arquitecto a veces quiere ser el protagonista”, reflexiona Siza, que nunca podrá ser acusado de tal pecado. “La fuerza de la pintura de Miró resiste todo, además el ambiente de la casa es muy sereno, creo que le da otro protagonismo a la obra”.
Pues todo solucionado. Hasta que Siza se fijó en los marcos horrorosos de varias obras. “Fue otro debate; había varias molduras que quería sustituir. Intentamos retirarlas, pero la compañía de seguros nos lo prohibió por riesgo a dañar la obra. En el caso de dos tapices, con cajas no muy afortunadas, nos han dado permiso para sacarlos de ahí”.
Siza no ha visto los cuadros más grandes, que llegan en un camión especial, bajo el control de Venade, pero se los sabe de memoria. “¿Mi preferido? Ninguno, todos. Son de todas las épocas, desde los treinta a los ochenta. Lo interesante es la evolución de la obra, esa explosión de la alegría de Miró”.

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