sábado, 11 de junio de 2016

El tiempo más inhóspito




Una visitante observa Mi familia, de Ignacio Zuloaga, en el Museo Reina Sofía. JOAQUÍN CORTÉS / ROMÁN LORES
Hay una exposición que es un túnel del tiempo en los corredores de repente y de nuevo penitenciarios del Museo Reina Sofía. Es el pasado opresivo como un túnel entre 1939 y 1953: los años insolentes de la victoria franquista, los desfiles triunfales y las cacerías humanas por un país en ruinas. El itinerario tan bien calculado de la exposición puede parecerse también a aquellos túneles del miedo y tubos de la risa de las ferias antiguas; el miedo no a los banales esqueletos y a las brujas con escoba, sino a los pistoleros con correaje y pistola al cinto, a los prelados con sus caparazones de quelonios barrocos, a los funcionarios con halitosis y bigote fino, a los curas de sotana sobada con un brillo de ala de mosca; y la risa de los payasos y las calaveras pintadas en los telones de los circos; la de las máscaras de Carnaval en los cuadros de Gutiérrez Solana.
Se sube por el ascensor transparente hasta la cuarta planta mirando el cielo matinal de Madrid y al llegar ya se entra sin aviso en el túnel. En una pantalla, militares italianos con tocados de papagayos sobre los cascos de guerra desfilan delante de una tribuna y de un arco de triunfo de cartón piedra en el que el generalísimo Franco estira como puede su estatura insuficiente de duce. Justo enfrente, en otra pantalla, se suceden fotografías de soldados republicanos vencidos marchando por las carreteras hacia Francia, de gente pobre que empuja carros cargados de colchones y cestos. Las imágenes triunfales son de un noticiario italiano. Las fotos de los soldados y de los fugitivos son de Robert Capa. De un lado a otro de la pantalla, las imágenes establecen un efecto de montaje. Hay una España que muere y una España que relincha. Antonio Machado muere de agotamiento y de vejez prematura en una pensión para veraneantes modestos en Colliure. En Madrid, su hermano Manuel saluda con un poema en décimas atropelladas el triunfo de Franco. En las cárceles hay condenados a muerte que escriben poemas y nanas a sus hijos y artistas plásticos que aprovechan cualquier trozo de papel para dibujar escenas de cautiverio en las que la mayor crueldad parece el hacinamiento y el hambre. Los bocetos de José Robledano son retratos precisos a la manera de Ricardo Baroja; en los de José Manaut Viglietti, las líneas son más delgadas y los cuerpos sin rasgos se amontonan en el suelo de las celdas como las figuras de Henry Moore en sus dibujos del metro de Londres.


De Robledano y de Viglietti, lo más probable es que uno no haya sabido nada hasta ahora: artistas menores dibujando sobre trozos de papel. Para conocer la atmósfera verdadera de un tiempo no vale quedarse de nuevo en los grandes nombres evidentes, dejando un espacio vacío en torno a ellos para magnificarlos. En el túnel del tiempo que ha organizado María Dolores Jiménez-Blanco en el Reina Sofía están Dalí y Picasso y Zuloaga y el joven Tàpies y Miró, pero también muchos otros y otras menos conocidos y hasta olvidados que se encontraron del lado de los vencedores o de los vencidos, que se quedaron en España o que se marcharon, que permanecieron fieles a sus biografías anteriores o presos de ellas para salir adelante o triunfar o tan solo para seguir vivos. La fatuidad de los carteles de propaganda con falangistas disfrazados de arcángeles es tan desagradable como la palabrería regimental de los nuevos déspotas oficiales o espontáneos del arte. En 1940, Rafael Sánchez Mazas arenga a los pintores: “Os pido que pintéis cara al nuevo sol, cara a la primavera y a la muerte, a la justicia, a la virtud, a la juventud, a la armonía, al orden exacto”. El energúmeno exvanguardista Giménez Caballero es más concreto en sus ordenanzas: “A los rojos hay que vencerlos también en el arte”; y además explica la reciedumbre testicular de los nuevos tiempos: “Nuestra época española es hoy la de los hombres. Tiene acento viril. Tiene expresión de guerra. De macho. Todo lo feminoide ha pasado, con don Fernandito de los Ríos, con el Lyceum Club Femenino, con Azaña y Cipri…”.
Pero hay fulgores inesperados en este panorama de negrura, continuidades, supervivencias, regresos. Jiménez-Blanco me señala un cuadro espectacular del viejo Zuloaga, su Retrato de familia, en el que juega con sabiduría de gran pintor y cierta petulancia al paralelismo con Velázquez. Un poco más allá hay un autorretrato de Solana, casi tan sobrio en la vejez como un realista alemán de los años veinte, con una expresión de pesadumbre ensimismada y póstuma. En Moscú, en 1945, Alberto Sánchez dibuja una escena rural de Toledo, y la solidez de las figuras y los amarillos y los azules del paisaje a lo que se parecen es a los colores que estaba usando al mismo tiempo, en España, Benjamín Palencia. Miró vuelve pronto y en torno a él va brotando cautelosamente una escuela de nuevos pintores catalanes que recrean en medio de la dictadura y el aislamiento las libertades cromáticas de Paul Klee y Kandinsky. José Caballero diseña decorados de teatro que se parecen a los que hacía años atrás, en el otro mundo abolido, para las funciones de La Barraca. En 1949, el formidable pianista stride Willie The Lion Smith, una reliquia del Harlem de los años veinte, da un concierto en Barcelona, y el cartel entre figurativo y abstracto lo diseña Modest Cuixart. El figurinista Vitín Cortezo inventa floridos vestuarios como de drag queens para los autos sacramentales que dirige con gran audacia escénica Luis Escobar. Las portadas satíricas de La Codorniz cultivan un estilo gráfico aprendido del dadaísmo y de los fotomontajes alemanes de los años veinte. A través de la admiración por las pinturas de Altamira, artistas de talento como Mathias Goeritz conciben una estética radicalmente moderna, que ya anuncia la influencia inminente del expresionismo abstracto americano. González-Ruano, con su conocida gallardía, excomulga a Picasso en Arriba en 1948: “Picasso ha hecho el juego a una pintura sin patria, a una pintura de engaños, a una pintura judía”. La policía española mantiene una ficha abierta sobre el pintor. Ver de cerca ese papel amarillento y esa mecanografía desleída da la impresión de estar viendo la cara del funcionario que redacta el informe: “Se ha tenido conocimiento de que el reseñado, en unión de otros elementos rojos, ha escrito una carta al general De Gaulle…”. En España, Carmen Laforet publica Nada en 1945, y en el exilio americano, Maruja Mallo pinta la que sin duda es su obra maestra, la imponente Cabeza de mujer negra.
Pero la gran lección es sin duda la de los nombres menos evidentes. En Madrid, durante los años de Franco igual que en los de la República y en los de la guerra, Santos Yubero toma una tras otra, sin darse mucha importancia, algunas de las mejores fotografías hechas nunca en España. Santos Yubero es nuestro Weegee ignorado, nuestro Walker Evans de las fotos de pobres y telones pintados en barracas de feria. Su presencia es uno de los hilos que nos guían en este itinerario aleccionador y pavoroso por el túnel del tiempo de aquel país en tinieblas en el que la gente seguía intentando vivir.

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BLANCA ORAA MOYUA