martes, 17 de mayo de 2016

Georg Baselitz: "La calidad del arte no tiene nada que ver con el precio"



Conocido como el pintor de los cuadros al revés, etiquetado como neo expresionista y/o posmoderno, el artista alemán Georg Baselitz (Deutchbaselitz, Sajonia, 1938) nació en lo que más tarde sería Alemania del este. Al alcanzar uso de razón artística decidió emigrar a la del oeste. Las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, incluida la división de Alemania, han marcado su creación de imágenes durante décadas. 
Hoy, a los 78 años de edad, acepta que se ha reconciliado con su país y consigo mismo, y esa paz interna, lograda en la vejez, la filtra en sus recientes pinturas, más ligeras, luminosas y ágiles que las anteriores. El espray difuminado de colores claros, e incluso de tonos rosáceos, es uno de sus nuevos y alegres recursos, aplicados con moderación. 
Continúa indagando en la figura humana, sin embargo, ha abandonado los símbolos patrióticos y los desastres de la guerra. Está conforme consigo mismo. Ha desaparecido el negro y los oscuros dominantes y el dramatismo. Se ve la luz al final del túnel.



"Parecerá raro, porque yo no soy surrealista, pero, en realidad, a mí, la estrategia del surrealismo de coger objetos que no tienen nada que ver entre ellos, corromperlos y ponerlos juntos en una relación inesperada, es lo que más me gusta de mi trabajo. En ese sentido, las imágenes invertidas son surrealistas, son mi metodología, quiero ser surrealista, pero no me dejan", explica Baselitz quien recuerda con claridad el año 1969 en el que tomó la decisión de dar un giro a sus cuadros pintando imágenes como El bosque sobre su cabeza
"Desde que el hombre salió de la caverna, las imágenes que ha producido están relacionadas con el mundo que habita. Yo de joven quería pintar, hacer algo que no se había hecho hasta entonces así que, adrede, decidí hacer los cuadros al revés, poner una excusa para que fuesen malos", prosigue el artista recordando también que "antes [de 1969] pinté muchos cuadros importantes para mí, no lo fueron para otros, pero sí para mí".


Otro año crucial que recuerda con viveza y claridad es el de 1958. Cuando él contaba 20 primaveras y partió del Berlín oriental al occidental. En este último conoció a Elke Kretzschmar, quien se convirtió en su esposa y perpetua modelo de sus cuadros. Cambió el apellido Kern (hueso, núcleo, centro) por Baselitz, el lugar en el que había nacido en la Alemania del este. 
Sobre el cambio de nombre apostilla que lo hizo "para proteger a mis padres. Yo sabía que mis obras serían polémicas, además había dejado la parte del país que se auto elogiaba como defensora de la paz ante la que retrataban como amante de la guerra; opté por la amante de la guerra". En su primera exposición en Berlín, en la década de 1960, dos cuadros fueron confiscados por la policía: Hombre desnudo yLa gran noche bajo el desagüe, que retrata a un joven masturbándose. El litigio judicial duró varios años. 
En la misma década obtuvo una beca para estudiar en Florencia. Desde entonces Italia se ha convertido en su segunda casa y su segunda escuela.
Algunas de sus obras recientes miden 4x6 metros, grandes dimensiones comparadas con el diseño de un sello de correos en Francia. "No es la primera vez que hago grandes formatos, antes ya los hice porque pintores que me gustaban como Anselm Kiefer y Julian Schnabel los hacían y yo decidí apuntarme a la tendencia para demostrar que también lo podía hacer; ahora, físicamente, no estoy fuerte, por lo tanto, ha sido una prueba de fuerza para demostrarme a mí mismo que lo podía hacer", cuenta con una cierta satisfacción por haber conseguido el reto. 
Las obras que presenta en la exposición de Londres han sido creadas en el último año. El tema, el recurrente, esta vez una serie inspirada en un retrato hecho por Otto Dix de sus padres, sentados plácidamente uno junto al otro. Dos figuras humanas, o una, invertidas, en horizontal, vertical, en distintos formatos, colores o materiales. Obra de tinta sobre papel o grandes óleos sobre lienzo. "Yo siempre trato los mismos temas, lo que cambio son las técnicas; las líneas, los puntos, los materiales, los trazos, las formas, la composición o las herramientas de las que me valgo", añade a su bien aprendido discurso.
Baselitz ha sido profesor y ha tenido siempre los ojos abiertos al mundo de la enseñanza del arte, de la cultura y de los vaivenes políticos. Mira con lupa lo que hacen sus contemporáneos. 



Influido e influyente, es considerado figura clave del neo expresionismo. Un calificativo al que se ha acostumbrado a costa de ser repetido, aunque a él nunca le ha caído en gracia. "La primera vez que me llamaron neo expresionista, en una exposición en Holanda, lo consideré un insulto, pero me he tenido que acostumbrar. Todos los alemanes éramos expresionistas, y, si no, dadaístas, solo había un surrealista: Max Ernst, que se sentía más francés que alemán", explica Baselitz yendo y viniendo de su juventud a su vejez.
"De joven, detestaba las influencias, no soportaba que colgasen un cuadro que fuese mejor junto a uno mío, intentaba reafirmarme a mí mismo. La primera vez que vi una exposición en Berlín occidental, al final de la década de 1950, de obras de Jackson Pollock, Willem de Kooning, Harold Rosenberg y Roy Lichtenstein quedé petrificado porque en Berlín oriental solo había visto el realismo soviético. Lo que yo quería hacer ya lo habían hecho los americanos. Pensé que debía regresar al pueblo, pero al mismo tiempo estos artistas me atraían y me sentía feliz", recuerda Baselitz en su constante oscilación entre su juventud y su vejez, como si no hubiese habido edad adulta en su vida y en su obra. Lleva años mirando hacia atrás en su vida y en su arte, reinterpretándose a sí mismo.
"Ahora estoy abierto a todo tipo de influencias. Hace un tiempo hice una serie inspirada en Lucio Fontana porque me fascinan sus cortes, esos tajos misteriosos suyos que yo coloqué esparcidos en mis obras, no se ven, pero están porque esa es la forma en la que yo absorbo su influencia", revela Baselitz refiriéndose a la serie La fontana va, un conjunto de imágenes de piernas remolineando como una rueda. 
En la exposición de Londres (Wir Fahren Aus, en White Cube, Bermonsey, Londres, hasta el 3 de julio) presenta, junto a 55 obras, dos esculturas. Una de ellas, Zero Dom, en madera con una capa de bronce, la forman cinco piernas con zapato de tacón atadas con un rudo alambre. 
Las producciones del artista alemán se venden en la actualidad por entre cuatro y seis millones de euros. Unos precios que siguen en aumento. "La calidad del arte no tiene nada que ver con el precio que se paga en el mercado. Mis mejores pinturas son las de 1965, son increíblemente importantes, pero entonces nadie daba un marco por ellas. Hasta hace poco no se vendían. Ahora, en cambio, como soy conocido, se han revalorizado. El mercado es una cosa y el arte otra", asiente en un despacho de la galería, junto a un retrato de los genitales de Lucien Freud que cuelga en una pared; en la otra, un botiquín de reluciente dorado de Damien Hirst.
Ni de una obra ni de la otra cuelga etiqueta con el precio aunque ambas están en venta por astronómicas cifras.

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