lunes, 14 de marzo de 2016

¿Dónde está el arte?


Vista de La Tienda del Anson, en Barcelona.
¿Dónde diablos estará el arte contemporáneo? Duchamp nos dijo, medio en broma, medio en serio, que no lo buscáramos en los museos, pero a ellos seguimos acudiendo un siglo más tarde, porque somos tan malos estudiantes que ni en cien años nos hemos aprendido la lección. Y eso hago yo, una vez más, ir al Macba a ver la exposición Especies de espacios, comisariada por Frederic Montornés, con la esperanza de que la sombra de Georges Perec me descoloque, que la tensión sexual no resuelta entre literatura y plástica me teletransporte, que algún proyecto me expulse de la zona de confort que es –en fin– todo museo. Y, voilà, eso es lo que precisamente logra el proyecto La Tienda del Anson.
Por no estar no está ni en el mismo barrio del museo de arte contemporáneo, sino que hay que viajar casi media hora en bus y aterrizar en el Poblenou, el Manchester catalán del siglo XIX, pueblo asediado por galerías de arte y chatarrerías ilegales, edificios icónicos y fábricas abandonadas, tiendas que cierran a la hora de la siesta y turistas que nunca duermen. Balius es ahora, sobre todo, una de las mejores coctelerías de Barcelona. Pero hasta la década pasada fue un imperio local: además de esa droguería ahora convertida en bar y de la tienda de arte/no arte instalada en su viejo almacén, aún tiene ese nombre la sede principal, que se vende por tres millones. “No me dejaron tocar el cartel de la puerta”, cuenta el artista Martí Anson, “porque, en Poblenou, Balius sigue siendo toda una institución”.
Anson es especialista, justamente, en dinamitar instituciones. Lo hace a través del concepto inesperado de empresa. Su primera pieza de impacto, hace 10 años, fue un barco: lo construyó durante 55 días en el interior del centro Arts Santa Mònica, lo bautizó Fizcarraldo y, por supuesto, por cinco centímetros no pudo ser sacado por la puerta. Una empresa imposible, wernerherzogiana. A partir de entonces se hizo empresario: en 2009 creó Pinturas Jiménez, para pintar una galería con colores futboleros; en 2011, Mataró Chauffer Service, para llevar a Londres a dos comisarios de la Tate Modern, y en 2012, Joaquim and Son, marca que pretende recuperar los muebles que su padre creó y vendió en los años sesenta, sin más ánimo que el del servicio a la comunidad y el trabajo bien hecho.
Y en ese proyecto seguimos: ¿qué es este local del Poblenou? ¿Una instalación artística? ¿Una tienda de muebles? ¿Una embajada del Macba? Según como se mire. Por un lado, está el diseño del arquitecto; por el otro, los cojines o las lámparas, obra de otros artistas. Y en el centro y los lados, dándoles sentido, los muebles de Anson, quien después de inventariar toda la producción de su padre y de reproducir algunas piezas artesanalmente, ha optado por su producción industrial. La Tienda del Anson es, para entendernos, un anti-Ikea. A su padre no le gusta el proyecto, se niega a colaborar en él, tal vez porque no ha leído al crítico Boris Groys, quien en Volverse público (Caja Negra) afirma: “El arte ya no se entiende como la producción de obras de arte, sino como la documentación de una vida-como proyecto” o que “la obra se presenta como resultado de una colaboración participativa y democrática”. O que “los padres no leen a los críticos que mejor pueden explicarles la importancia de lo que hacen sus hijos”. O que “según cómo se mire, porque el arte siempre ha estado en la mirada”.

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BLANCA ORAA MOYUA

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