domingo, 16 de agosto de 2015

Refugio



¿Caminar por el color? O sea: ¿caminar por la luz? ¡Esa sí que es una bella metáfora, pero que además tiene una profunda enjundia! Para Georges Didi-Huberman, en su libro El hombre que andaba en el color (Abada), dedicado a la obra del artista estadounidense James Turrell (Los Ángeles, 1943), quien camina por entre el color lo ha de hacer necesariamente por el desierto, ese océano amarillo, como Moisés por el Sinaí conduciendo a su pueblo hacia la tierra prometida. En medio de esa cegadora luz, donde el pueblo elegido se convirtió en una minúscula mancha negra de hormigas, Moisés, por fin, encontró un guía y un guion, al mismo Yahvé-Dios. Esta formidable fábula es narrada en el Éxodo y, desde luego, no ha perdido actualidad, aunque el relato haya sido circunstancialmente transformado.
¿Qué tiene que ver todo esto con el arte y, en concreto, con la obra inmaterial de James Turrell, que merece ser así calificada puesto que se centra en medir los efectos perceptibles de la luz, sea natural o artificial? El secularizado hombre de nuestra época parece haber abandonado los reveladores desiertos, como no sea para edificar en medio de ellos opacas urbes, y ha transformado los antiguos templos que cobijaban lo sagrado en profanas galerías de arte, pero no ha dejado de estar imantado por la luz, la energía, de la que lo que llamamos materia no es sino su excrecencia, de proporciones ridículas. En 1951, Albert Einstein afirmó: “Cincuenta años de reflexión no me han bastado para responder a la pregunta ‘¿qué son los cuantos de luz?’. Claro que hoy cualquier pillastre cree conocer la respuesta, pero se engaña”. Casi 10 años después de la tajante afirmación de Einstein, en 1960, el historiador alemán Hans Sedlmayr publicó un artículo, ahora traducido a nuestro idioma con el título La luz en sus manifestaciones artísticas (Lampreave), donde se quejaba de lo poco que se había estudiado monográficamente hasta entonces el papel y el uso de la luz en el arte.
Y aunque muy poco sabemos todavía de la luz desde cualquier punto de vista, es bueno ser conscientes de su crucial importancia cósmica y no desaprovechar ese extraordinario observatorio para la cuestión que es el arte, cada una de cuyas manifestaciones ha sido pensada como hogar de la luz. Esta posibilidad, llevada hasta el extremo, ha sido, nunca mejor dicho, el faro de toda la trayectoria de Turrell, el cual no solo ha usado la luz como mera iluminación de los objetos, sino afrontándola por sí misma, por el “espesor” de su realidad física, como “portadora de su propia revelación”, lo cual explica que, en 1977, aprovechando un cráter de un volcán extinguido en el desierto de Arizona, el Roden Crater, construyese allí una especie de observatorio de la luz, donde se tiene en cuenta el entorno estelar y el atmosférico. Porque, como escribió el físico Arthur Zajonc en Atrapando la luz. Historia de la luz y de la mente (1993), el libro más hermoso y completo que he leído sobre este apasionante asunto, “además de la luz exterior y el ojo, la vista requiere una luz interior cuyo resplandor complementa la exterior y transforma la sensación pura en una percepción dotada de sentido. La luz de la mente debe conjugarse con la de la naturaleza para suscitar un mundo”. Pero ¿acaso nuestro publicitario y pirotécnico mundo actual está preparado para apreciar la hondura de la luz, la de su revelación? ¿No estaremos cegando la luz con nuestros electrónicos ojos sin párpados? ¿No será el arte el último refugio de la luz?

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