sábado, 15 de agosto de 2015

El dibujante con tijeras

Antonio Muñoz Molina


En sus noches de insomnio, el viejo pintor que ya no tenía fuerzas para mantenerse de pie en el taller delante de un lienzo miraba el techo con los ojos muy abiertos y veía en él figuras sugeridas por las manchas de humedad o las grietas en la pintura. Y como le costaba tanto levantarse de la cama ideó un instrumento de dibujo que consistía en un largo palo de bambú al que ataba un carboncillo en el extremo. Tumbado en la cama, convaleciente de un cáncer que lo dejó casi inválido, Henri Matisse distraía el insomnio haciendo rápidos dibujos en el techo, en su apartamento de París o en su casa de la Costa Azul, y las limitaciones de su propia capacidad y de los medios de los que disponía eran de pronto una liberación más que un inconveniente, un atajo inusitado hacia la originalidad.
Pero más todavía que hacer dibujos le gustaba recortar figuras en lienzos de papel y ver cómo se desprendían de sus manos, sin apariencia de esfuerzo, como pañuelos de seda desplegándose floralmente en las manos de un ilusionista. Un día recortó la silueta de una golondrina y le pidió a su asistente que la pegara sobre una mancha en la pared del dormitorio. Sobre el papel oscurecido y gastado, la golondrina blanca se desplegaba en un cielo inmediato que era el que Matisse había visto 16 años atrás en su viaje a Tahití. E inmediatamente después de la golondrina, como atraídos por ella, cobrando forma en la memoria al mismo tiempo que en el papel, vinieron otras criaturas y otras formas de los mares del Sur, una tortuga, una estrella de mar, una caracola, hojas de palmeras, arborescencias submarinas.
Matisse recortaba papeles sentado en la cama, urgiendo a su asistente para que cubriera más rápido grandes hojas en blanco con colores puros de gouache. Las figuras se amontonaban sobre la colcha y se derramaban por el suelo. La asistente de Matisse las recogía y las pegaba por las paredes y el techo siguiendo las instrucciones del pintor, y la habitación poco a poco se iba convirtiendo en un acuario fantástico, en una cámara cubierta por figuras de frescos antiguos, por jeroglíficos, por dioses, por los animales mitológicos de alguna cultura marinera, griega o cretense.
Durante los últimos 15 años de su vida Matisse no olvidó que todo aquel tesoro de tiempo era un regalo que ni siquiera se había atrevido a desear. Había creído que su vida terminaba al mismo tiempo que se oscurecía el mundo. En enero de 1941 había viajado desde la Costa Azul a Lyon, solo y muy enfermo en un tren por la Francia ocupada, camino de la clínica en la que lo iban a operar de un cáncer. Después de una operación larga y difícil, complicada por neumonías y fallos cardiacos, sufrió durante tres meses una convalecencia de dolor incesante, de insomnio y desolación. Pensaba en todo lo que le había quedado por hacer. Se veía tan débil y tan viejo que no creía que, si llegaba a sobrevivir, le fuera posible volver a la pintura. El primer día que pudo dar unos pasos por el jardín de la clínica lo deslumbró como nunca la belleza del mundo. Decía que nada es más difícil para un buen pintor que pintar una rosa, porque antes tiene que olvidarse de todas las rosas que se han pintado hasta ese momento. Después de su enfermedad Matisse logró exactamente eso: sus papeles recortados tienen la fuerza de las primeras imágenes captadas por la imaginación humana, de las primeras formas magistrales y definitivas que están en los orígenes de un arte. Françoise Gilot, que fue con Picasso a visitar a Matisse en la casa de campo cerca de Niza que se llamaba Le Rêve, lo recordaba como un Buda viejo y sereno, jovial, sentado en la cama, recostado en almohadones, con sus gafas, su barba y su ceño de lechuza benévola, recortando papeles a toda velocidad con unas tijeras enormes de sastre, con una destreza asombrosa en sus dedos artríticos. En ese momento, recién terminada la Ocupación, Matisse tenía 75 años. Vivió 10 años más, y no paró de trabajar hasta el final de su vida, aunque ya no volvió a usar los pinceles ni el lienzo. En una explosión de libertad y fertilidad creativas que es el don de algunos viejos indomables, Henri Matisse pasó los años de su última vejez recortando y organizando y pegando papeles, usando unas veces unas tijeras de costura y otras de sastrería, según el tamaño de las figuras que tuviera entre manos. Decía que ahora dibujaba con las tijeras. De pronto se veía liberado de las rutinas artesanales de su oficio de pintor, pero sobre todo de la incertidumbre y del miedo. El espacio de la invención ya no estaría limitado por las dimensiones de un lienzo. En vez del silencio angustiado de la cavilación, lo acompañaba el sonido de las tijeras hacendosas. Tampoco tendría que esperar a que se secara el óleo, ni que preocuparse por hacer bocetos previos. Todo era fácil, pero también nuevo y temerario, nunca visto. Y quizá lo que más le asombraba era que todo aquello había llegado por puro azar, sin ninguna premeditación, y que además había estado a punto de no sucederle.
A mí este Matisse último y descarado es el que me gusta. Me hace acordarme de esos otros viejos tremendos que llegaron al final de sus vidas más libres que nunca, con una desenvoltura suprema, con una estética en la que son idénticos el dolor y la risa, la piedad y la furia: el Cervantes del final del Quijote, el viejo Tiziano y el viejo Monet que pintan con los dedos, el Verdi de Falstaff, el Beethoven sísmico de la Gran fuga, el Goya que se retrata a sí mismo congestionado y asistido por su médico. Las tijeras de Matisse tienen una silueta de pájaro tropical y de caimán que las convierte en animales del paraíso. Entrar en las salas del MOMA donde se exponen los papeles recortados de Matisse es como internarse en una selva, como caminar junto a los muros de cristal de un acuario. Es también encontrarse en las habitaciones de la villa de Matisse junto al mar y de su apartamento de París, recorrer estancias de la Alhambra tupidas de escrituras y de decoraciones geométricas, mirar de cerca los colores puros de los frescos en el palacio de Cnossos, poblados de figuras de delfines, de aves en vuelo, de nadadoras y bailarinas acrobáticas. Decía un amigo suyo que para Matisse los papeles recortados eran como la música de jazz: la improvisación, la instantaneidad, el hallazgo jubiloso que llega sin esfuerzo porque ha requerido muchos años de dedicación obsesiva. Matisse recortaba un pájaro en vuelo y decía que ese gesto de las tijeras avanzando sinuosa y afiladamente a lo largo del papel equivalía a la sensación misma del vuelo. Pero no todo es júbilo en esa galería embriagadora de imágenes: el Ícaro recortado en negro sobre fondo azul tiene marcado en rojo el corazón a un lado del pecho y más que volar parece que está derrumbándose por un disparo; los fulgores amarillos que lo rodean pueden ser explosiones de metralla en el cielo oscuro de las noches de la guerra.

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