viernes, 15 de mayo de 2015

56 Bienal de Venecia: ¿Banalización de las crisis globales y la cancelación de un arte social?



Qué es el arte? Prostitución.
El placer de estar entre las multitudes
es una forma misteriosa del goce
de la multiplicación del número.
Todo es número. El número está en todo.
El número está en el individuo.
La embriaguez es un número.
El gusto por la ganancia productiva
debe reemplazar, en el hombre maduro, el gusto por la pérdida.


Charles Baudelaire,
Diarios Íntimos, Cohetes, 1884


Es difícil describir en tan pocas palabras lo que sucede en la Bienal de Venecia, recién inaugurada el 9 de mayo. A grandes rasgos esta Bienal se compone de los Giardini, donde se localizan los pabellones nacionales construidos por cada país invitado; otros pabellones como el mexicano se encuentran en el Arsenal -antiguo cuartel militar- también lugar de la magna exposición, en esta edición curada por Okwui Enwezor bajo el título All the World’s Futures, además de varias decenas de actividades paralelas. En total se muestran 136 artistas que representan 88 naciones. 

Ya hemos dicho que el de Venecia es uno de los foros más importantes en el universo de las bienales de arte, que suman más de 40 a nivel mundial, y que además institucionalizó su formato de exposición; también es la más antigua: se fundó en 1895 por el rey italiano Umberto I y la reina Margherita de Savoy.

Todo esto ocurre en un contexto de cenas VIP para/de galeristas, coleccionistas, celebridades y socialités; yates, opulencia, after parties… Una atmósfera que combina indiferencia y jactancia rodea el discurso curatorial del comisario nigeriano Okwui Enwezor, quien intentó -en buena lid, quiero pensar- aprovechar el generalizado descontento mundial para crear una Bienal que respondiera a la pregunta: “¿Cómo pueden los artistas a través de imágenes, objetos, palabras… reunir a públicos en actos de mirar, escuchar, participativos (...) con el fin de dar sentido a la agitación actual?”, en palabras del mismo Enwezor. Se intenta brindar un panorama político y social del “estado actual de las cosas”.

El resultado fue una exhibición desconcertante, en la que la política como estrategia artística o recurso discursivo mostró un ángulo extrañamente vacuo. Venecia seduce con su glamur histórico y el exuberante lujo; el arte en este entorno asombra por lo impecable e inteligente de las curadurías que a cada momento sorprenden, conectando perfectamente lo audaz de algunas piezas con los discursos curatoriales presentados, el alto nivel teórico y de calidad en las piezas.

Pero… ¿y el contexto mismo de la Bienal, su inicio aristocrático, Venecia, de Italia o Europa, en dónde queda? Según la Agencia de Refugiados de Naciones Unidas, en lo que va de este año, 36 mil 390 migrantes de África y Medio Oriente han llegado a Europa, vía Italia, Grecia y Malta. Mil 750 murieron en el intento de buscar ya no una vida mejor, sino sobrevivir a la brutalidad en sus países, más mil 776 desaparecidos. En estas dos últimas cifras se incluye la tragedia del 19 de abril -20 días antes de la inauguración de la Bienal- donde murieron ahogados más de 800 libios en el Mediterráneo. El oropel de la Bienal cancela cualquier posibilidad de statement. Las grandes piezas sociales quedan acotadas en pequeños comentarios al margen. Como ejemplo, la pieza central de All the World’s Futures era una lectura continua de El Capital de Karl Marx; a pesar de las buenas intenciones de Enwezor, sigue quedándose en la teoría del texto históricamente antagónico al capitalismo, pero descontextualizado de esta atroz realidad.

A pesar de la desilusión, sí hubo alientos de congruencia y fascinación, que peculiarmente provenían de artistas consagrados, ya conocidos, como el pabellón británico a cargo de Sarah Lucas, sin pretensiones, su feminismo irónico, divertido y feroz; el video de Steve McQueen, Ashes, en el Arsenal, hermoso y aterrador; el atlas de la filmografía completa de Harun Farocki; las densas pinturas de Chris Ofili; la mágica pieza de Sarah Sze. 

Muy escasas fueron las sorpresas en nuevas propuestas, que para uno como profesional del arte, es la principal razón al visitar estos grandes eventos. Regresé a México preguntándome: ¿qué significa todo aquel despliegue de erudición curatorial? ¿Cómo es posible que la pulcritud intelectual de las propuestas expositivas encerraran al arte político en una burbuja de irracional ostentación de riqueza, dejando de lado una realidad local aplastante? ¿No conflictúa a curadores y artistas que sus piezas “sociales” sean ornamento para una élite económica que ve el arte como un negocio que suministra status y mira con desdén el origen de las problemáticas contemporáneas? ¿Cuál es la intención real de Okwui Enwezor de realizar una Bienal “sensible” a las crisis mundiales sabiendo que su público ve precios y bebe champagne; trata de concientizar al mercado o bajo la etiqueta de arte “responsable” y “político” está avalando las obscenas cantidades de dinero que se pagarán por la mayoría de las piezas? 

El mundo del arte vive una esquizofrenia internacional. Teóricos, académicos, críticos, directores de museos, curadores, galeristas, hasta muchos artistas tratan -a veces no tan afanosamente- de dar respuesta y tomar postura a las exigencias históricas actuales de una realidad que nos está rebasando económica, social, política y ambientalmente, pero sin morder la mano de quien les da de comer: el mercado del arte.

La actual Bienal de Venecia nos muestra el desarticulado vínculo entre el contenido expuesto y el contenedor expositivo, denotando una tibieza al profundizar honestamente en la Historia, y bajo la bandera de la pluralidad cultural, esta Bienal justifica su ceguera ante las consecuencias globales del actual contexto poscolonialista. 

Lo peligroso de esta situación, generada por el insaciable mercado, es utilizar al arte como agente banalizador de los grandes males del capitalismo, anulando la posibilidad transformadora del arte, regresando a su antiguo estatus decorativo.

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BLANCA ORAA MOYUA

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