domingo, 29 de marzo de 2015

La reparación de Kader Attia



A Kader Attia (1970) le conocemos bien en España, y nuestro país ha significado mucho para el artista de Dugny, la banlieue del norte de París que le vio nacer en 1970. En su etapa de formación pasó un año en la Escuela Massana de Barcelona y, más recientemente, participó en 2006 en la I Bienal de Canarias, donde realizó una rotunda instalación formada por espejos con forma de lápidas en una playa de Fuerteventura, en alusión inequívoca al triste destino de multitud de jóvenes africanos. En 2008 fue incluido en la Bienal de Pontevedra que ponía el foco en el contexto artístico del Magreb y ese mismo año realizó una exposición individual de generosa escala en el Centro Huarte.

Attia ha sido y es un artista nómada. Su familia se instaló en Francia procedente de Argelia, país al que regresa con frecuencia. Ha vivido en Mali y en el Congo, en cuya capital, Brazzaville, realizó en 1996 su primera exposición individual, y también en Venezuela. Hoy reside en Alemania, donde se han fraguado muchos de sus éxitos recientes, sobre todo desde su participación en la dOCUMENTA (13), cuando echó a andar un proyecto titulado Repair del que han venido apareciendo sucesivas ramificaciones en diversos lugares. Tiendo a imaginar que la no inclusión de Attia en la pasada Bienal de Berlín de Juan A. Gaitán se debe a que el artista había realizado una aplaudida exposición poco antes en Kunst Werke, la que suele ser sede principal de la Bienal. Pocos trabajos actuales tratan la herencia institucional de la era colonial con la clarividencia con la que lo hace el francés, ávido rastreador de los desplazamientos demográficos y las corrientes migratorias que el fervor imperialista de las naciones europeas contribuyó a implementar.Sobre el intercambio cultural que éste produjo pone hoy el foco el artista, que expone sus trabajos en el Middelheim Museum de Amberes tras su paso por Berlín y la Whitechapel de Londres en 2014.

Attia encuentra una de sus grandes referencias en el pensamiento del anarquista Pierre-Joseph Proudhon, en cuyo programa retumbaba la máxima “la propiedad es un robo”. Eran los días en los que el idioma del socialismo comenzaba a instalarse en Francia y se alentaba la circulación de los bienes, desde la propiedad individual hacia la colectiva, algo que Proudhon y sus colegas denominaron “reapropiación”.

Attia hace también suya esa idea de tránsito. Su interés reside más en los procesos que en los resultados, y no tanto en los orígenes y los destinos como en el viaje que los une. Su posición ante las derivas imperialistas del siglo pasado es crítica pero conciliadora. Se cifra en un diálogo en términos históricos entre sus diferentes patrias que nunca rehúye la tensión entre colono y colonizado, pero tampoco llama a la algarada. En este sentido, cita siempre a Descartes, que convertía en analogía las diferencias entre dos posiciones enfrentadas.

La “reparación” bajo la que se reúne todo el trabajo reciente es la traducción al ámbito artístico de esa idea de reapropiación. Para Kader Attia, la reparación es otro viaje, por el cual las culturas no occidentales reafirman la identidad cultural que fue usurpada por los colonos europeos, por los maestros modernos, desde Picasso y Klee hasta Le Corbusier. Las grandes cabezas que se vieron en Kassel y que ahora pueblan el pabellón Het Huis, situado en el parque de esculturas del Middelheim Museum, son imponentes bustos de madera de teca cincelados por artesanos de Mali y Congo que evocan los rostros mutilados y penosamentereparados de los soldados de la Primera Guerra Mundial, muchos de ellos procedentes de las colonias europeas. Partiendo de lo que debe ser un estremecedor archivo fotográfico que mostraba estos rostros de frente y de perfil, Attia apunta con estos bustos a una transfiguración del cuerpo, porque la reparación (la curación) sólo es posible cuando hay daño, dos conceptos que la historia del colonialismo ha convertido en una misma cosa.

En el exterior del pabellón, una instalación realizada con platillos metálicos sigue la trama de la mezquita de Al Aqsa en Jerusalem. Dispuestos sobre listones metálicos, los platillos evocan cierta vegetación, como un bosque que fuera azuzado por los agentes climatológicos. Hacía bueno cuando los visité, pero imagino la conmovedora gravedad del sonido de la lluvia al golpear los platillos.

Las dos piezas asumen el poder de la naturaleza y no parece que Attia pretenda discutirlo a través la cultura. Evocan la serenidad y la modestia en el que se ha situado su trabajo a partir del fuerte componente intelectual del que lo ha dotado en los últimos años. Instalaciones anteriores, a menudo dirigidas a una crítica de la arquitectura, se alojaban en una radicalidad formal de la que parece haberse desprendido ahora, más preocupado por el sutil análisis de la historia que por el ruido y el tumulto del presente.

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