domingo, 6 de noviembre de 2016

Marcel Broodthaers en el MNCARS o la fallida venganza de la institución


Maite Aldaz

Desde luego ahora tengo un empleo y mal haría en dejarlo. Este momento de elegir una profesión, de veras creí, en mi ingenuidad, que podría posponerlo hasta el día de mi muerte…


Hasta los 40 años Marcel Broodthaers (Bruselas 1924 - Colonia 1976) tuvo muchas ocupaciones, incluida la de poeta, y ninguna de provecho, hasta que, en un gesto “insincero”, decidió convertirse en creador de ficciones, una dedicación que, por fin, podría hacerle ganar dinero. Como él mismo explica a finales de 1965 en la revista Phantomas, se inicia en la profesión tras haber adquirido un conocimiento del arte en sus cómodas meditaciones en los museos, donde se dedicaba a pensar mientras miraba cuadros y esculturas. Ahora que ya es un aficionado, y no pudiendo hacerse coleccionista por falta de recursos, se deja llevar por aquello que excita su entusiasmo: la creación de objetos efímeros, artificiales y falsos con los que, dice, burla al academicismo en el que ha desembocado lo eterno y natural.

A Marcel Broodthaers, junto con Daniel Buren, Michael Asher y Hans Haacke, se le vincula a la crítica institucional de la primera ola. Aquella que arrancó en los años 60 como ejercicio de cuestionamiento y desnaturalización de la institución, de su funcionamiento y representación. La retrospectiva que de este artista presenta el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, organizada junto con el Museo de Arte Moderno de Nueva York, comisariada por Manuel Borja Villel y Christophe Cherix, puede visitarse en Madrid hasta el próximo 9 de enero y a partir de marzo en Düsseldorf.

Broodthaers produce ficciones, ficciones diseñadas para quebrar algunas ilusiones muy concretas que atraviesan nuestra realidad. De esas ilusiones, la primera y la más importante para valorar esta exposición, es aquella nacida en el siglo XIX para la que el Arte es una actividad del espíritu humano, atemporal y universal. La ilusión del Arte engarza la manera en que concebimos a –y actuamos con– los artistas, las obras, el público, los museos, el coleccionismo, el mecenazgo, la educación artística, la crítica, la estética... y todos los dispositivos que los activan. Hacer una “retrospectiva” –o escribir– de las propuestas de Broodthaers no es sencillo. En la medida en que logramos que el cuestionamiento siga operando, sus trabajos funcionan. Cuando bloqueamos los efectos de las ficciones, Broodthaers se marchita.

La primera de las ficciones que crea M.B. –así es como firma sus obras– es la de su propio rol de artista directamente interesado en el mercado. Sus gestos “deshonestos” que se repiten siempre como “obras de arte” nos hacen sospechar del idealismo que acompaña todo lo relativo a su nueva dedicación. Vincular abiertamente el interés económico a la figura del artista resulta ser algo más que una provocación. La ficción de su rol, al exceder el ámbito normalizado de la lógica del Arte, arroja luz sobre el fuera de marco de la institución y hace que se desvanezca la ilusión de desinterés. Aunque hoy es más difícil que la ficción del artista “deshonesto” produzca el mismo efecto desmitificador. Estamos demasiado acostumbrados al cinismo como actitud “sincera” en el arte
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