miércoles, 10 de agosto de 2016

Andrés Nagel (Pintor y escultor): «El artista es amoral»


Andrés Nagel anunció hace diez años, tras presentar su exposición del Kursaal, que se retiraba de la actividad artística y a día de hoy no alberga intención alguna de revocar su decisión.


Desde que en 2006 anunciara por sorpresa su retirada de la actividad artística, Andrés Nagel (San Sebastián, 1947) ha guardado un riguroso silencio que sólo ha roto esta semana para denunciar mediante una carta a DV la más que posible desaparición de la sala de exposiciones del Koldo Mitxelena. Roto el hielo, el artista donostiarra se reafirma en su decisión de declararse «en huelga» de creación y retoma la palabra en el año de la Capitalidad para denunciar la deriva de la actividad artística.

-Retomemos la conversación en donde la dejamos hace una década. ¿Sigue retirado?

-Sigo retirado. En realidad, estoy en huelga porque cuando no puedes trabajar, no trabajas.
-¿Por qué no puede trabajar?
-Directa o indirectamente, está todo en manos de políticos, con una especie de mafia subvencionada que controla todo. Hay un arte oficial y todo lo que está fuera, no existe. El sistema de galerías siempre ha sido precario, pero funcionaba sin ser una ganga. Y permitía al artista independiente vender. Arco y el actual sistema de arte oficial han eliminado todo eso.
-Pero siempre hubo un hueco para los 'outsiders'...
-El sistema de galerías te permitía sobrevivir. Esto ya se veía venir cuando me retiré, antes de la crisis, cuando la gente aún estaba echando cohetes. El sistema había llegado a un punto en el que los centros oficiales daban subvenciones a los artistas, que se mostraban muy cómodos y obedientes. Ahora, el control ya es total, con el problema añadido de que el dinero público está mucho más limitado, excepto para Donostia 2016.
-¿Y qué papel jugó Arco en esto?
-Se cargó el sistema de galerías. En un principio, funcionó bien porque era una feria local, pero luego le dieron ínfulas internacionales y cerró el espacio a muchas galerías españolas. Ahora, la gente joven no tiene más remedio que hacer la pelota a un comisario y tratar de abrirse hueco a través de la servidumbre.
-¿Por qué se retiró en 2006? Acababa de inaugurar una exposición importante en un espacio como la sala Kubo.
-Porque vi cómo estaba la cosa. Me retiré precisamente en ese momento para no irme por la puerta de la miseria. Tenía un par de exposiciones más apalabradas y cuando las cumplí, se acabó.
-¿Se retiró porque no se sintió respetado?
-No fue una cuestión de mercado. Hubo varios factores que se encadenaron y vi que ocurrían por la situación. Un alcalde de un pueblo te quiere quitar una escultura por venganza política, te boicotean una exposición porque no has dejado que entrara un político que te caía mal... Fueron ese tipo de situaciones. Y ahora, para trabajar, tienes que tener un padrino político y si vas por libre lo pagas, ahora más que nunca. Como no estés apoyado aunque sea por el enemigo del que gobierna, no tienes nada que hacer, cosa de la que me he librado.
-Se declara en huelga.
-Sí, dije que me iba al paro, pero en realidad me declaré en huelga.
-Y lo hizo en la época del 'España va bien'...
-En las exposiciones que se hacen ahora veo que al artista lo han eliminado. Ponen un cuadro y parece una viñeta dentro de una exposición de alguien que está vendiendo un producto. Por ejemplo, las del 2016: tienen mucho más que ver con la moral y con la venta de mensajes político-sociales barateros que con el arte. Ahora presentan una que parece situarse entre el pecado y el arrepentimiento. Y no. El artista es amoral y tiene que estar enfrente de todo. Tiene que tener unas convicciones morales, políticas y lo que quieras, pero lo que hace no tiene que ser un manifiesto. Para nada: al revés. Tienes que estar peleando con lo que tienes enfrente. Pero este sistema de la subvención y el comisario conduce a la obediencia y si no, te la guarda.
-¿Qué opina de utilizar el arte para que nos convierta en mejores personas?
-Pero eso es un producto de púlpito. Si quieres hacer una tesis sobre la guerra y la paz, publicas un libro, pero el arte no tiene nada que ver con eso. Y la posición del artista no está en apoyar eso, sino en poner en crisis todo lo que tienes alrededor. Pero ahora, el mundo del arte es una especie de ONG, en la que todos somos buenísimos y estamos realizando una labor social, sobre todo si es en Namibia, para no tener que definir demasiado la situación cercana porque eso ya resulta más peligroso.
-¿Cómo está viviendo la Capitalidad Cultural donostiarra?
-En primer lugar, no me he enterado de qué es. Vi que entre el viernes y el domingo hubo 200 actos culturales: uno era una verbena, un baile a lo agarrado y vecinos del barrio poniendo fotos suyas en la pared... Va a ser un año de verbena total y cuando acaben los cohetes quedará humo. Y yo lo que he visto en otras capitales culturales europeas, como la sueca Umeå o la francesa Marsella, es otra cosa. En Umeå rehabilitaron toda la Parte Vieja, habían mejorado el sistema de comunicaciones internas. En Marsella, han hecho un museo, han cambiado el puerto, han encargado conciertos y han rehabilitado zonas urbanas. Aquí habrá gente que se lo pasará bien con las verbenas, pero cuando acabe el año quedarán los cohetes quemados. Más que cultural, podría ser el Año Festivo.
-Desde la Oficina del 2016, ¿se han puesto en contacto con usted en alguna ocasión para pedirle obra?
-No. Ya lo han dicho bien claro: no les interesa ningún artista formado. He oído que están organizando cursos para una fábrica de arte o algo así. ¿Pero esto qué es? Que pongan un centro de artistas, como los de los jubilados, para que vayan ahí a jugar al mus y unos lápices para que se desahoguen. ¿Qué es una fábrica de artistas? ¿Echas los huevos por un lado, la harina por otro y te sale la obra ya lista? ¿Pero qué es eso? Es de una frivolidad tremenda.
-Ha roto su silencio con una carta en la que denuncia el posible cierre de la sala de exposiciones del Koldo Mitxelena. ¿Por qué ha sentido el impulso? ¿Por gratitud?
-No por gratitud personal, sino porque creo que, al margen de que unas exposiciones me gustaran más que otras, la sala ha llevado una línea valiente en una ciudad tan recalcitrante como San Sebastián. Lo han hecho realmente bien, hasta estos últimos meses. Y la sala era estupenda, muy accesible y agradecida. Creo recordar que los políticos ni hacían referencia al cierre de la sala, se limitaban a anunciar que iban a ocupar su espacio. Vamos, que no le daban importancia a cerrar la sala.
-¿Conoce el nuevo San Telmo?
-Lo vi en obras. No he llegado a entrar porque el médico me prohibió los calentones. En obras me pareció un disparate. Había unos espacios nuevos, estupendos de volumen, con una pared de hormigón enfrente de un cristal. ¿Y ahí qué expones? Y luego veo que están haciendo exposiciones-franquicia, también con moralina. Como una ONG que está predicando la alimentación sana, comer lechuga...
-Donde sí ha estado es en Tabakalera...
-No me he metido en la zona de arriba. La vi en obras también. La impresión que me dio fue de tener mil productos revueltos sin digerir.
-¿Hubiera creído que en el año de la Capitalidad Cultural permaneciera cerrado Chillida-Leku?
-Ni en el año de la Capitalidad ni en ningún momento. Me parece demencial. Todo lo que aquí y ahora se entiende por 'cultura' es algo sin consistencia, ni esfuerzo porque si los tiene se le corta el cuello. Produce repelús. San Telmo es un museo vacío, sin contenido de ningún tipo; Tabakalera está sin definir, a ver qué sale cada día, con unas salas sin adaptar. Ni el que las ha hecho ni el que las ha encargado tiene idea de lo que es físicamente una sala de exposiciones porque no son versátiles. Y Chillida-Leku es un regalo para Gipuzkoa, con una obra y un archivo consistentes, y una proyección fuera importante. Y encima, ya estaba hecho. No tiene perdón de dios.
-Siendo tan diferente su obra de la de Chillida, usted siempre le ha reivindicado.
-Generoso fue Chillida conmigo, pero generosidades aparte, me gusta ir a exposiciones. Viajo bastante y procuro mantenerme al día de lo que se hace. La gente con una obra hecha me produce respeto, aunque no conecte con todo el mundo intelectualmente. En el caso de Chillida, es que además conecto con su obra. Ahora, por todas estas exposiciones de moralina pasas a toda velocidad y me pregunto si generan algo. Quizás haya algo que valga la pena, pero sales como la inmaculada concepción, sin romperte, ni mancharte.
-¿Qué opina del cierre de El Peine del Viento por razones de seguridad?
-Me ha llegado alguna noticia de asustar. Se está preparando una intervención que incluye elementos de una agresividad tremenda. Mira, la ciudad está destrozada a base de isletas y bolardos. Parece un circuito de cars. Vas a Alemania y las ciudades no tienen la agresividad de ésta en su mobiliario urbano. En el Boulevar, farolas de distintos colores y tamaños; barandillas de cristal, por el otro lado, de acero inoxidable... Vamos a ver, en un espacio urbano necesito más reposo visual. Si tan peligroso es pasear por El Peine del Viento, que pongan barandillas en el muelle para que no se caiga la gente, ni se tiren los perros al agua.
-¿Suele visitar de vez en cuando su escultura de Ibaeta?
-Vivo en el otro extremo de la ciudad y jamás entro o salgo por esa zona. De vez en cuando me dice alguien que han cortado la hierba. Ahí me engañaron porque iban a ser pinos altos y hierba salvaje baja, y al final fue pinos bajos y hierba alta.
-¿Hay una cierta desconfianza en este país hacia los artistas?
-Hay un desprecio tremendo. Si el mundo del arte está como está es porque hay un desprecio absoluto hacia cualquier cosa que cueste un esfuerzo intelectual. No sé por qué. Philip Roth y Corín Tellado se dedican a lo mismo, escriben con una máquina y publican libros con hojas, y aquí se expulsa a Roth y nos quedamos con Corín Tellado, a la que tengo todo el respeto.
-Está mal visto establecer jerarquías en la cultura...
-¡Pero es que claro que hay una jerarquía! Y si lo dices te acusan de clasista... La democracia en la cultura consiste en que todo el que quiera pueda comprar una película de Bergman, un libro de Philip Roth o entrar en un museo. La cultura seria es elitista. Supone un esfuerzo fuerte tanto por parte del que la hace como del que la disfruta. Y tiene que ser así. Luego está la cultura popular, que es otra cosa, importantísima dentro de la vida de un país. Pero otra cosa. Ahora, 'arte', 'cultura', 'museo' o 'exposición' con conceptos pervertidos totalmente, que ya no significan lo que pone en el diccionario.


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