domingo, 10 de julio de 2016

Paul Klee en París: el arte como antídoto contra la certidumbre


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Una visitante en la exposición de Paul Klee observa el cuadro 'High Spirits' (1939).  AFP

Lo mejor de las certidumbres es que siempre están a mano. Uno eleva la mano al aire, la abre y es capaz de atrapar varias casi sin querer. Por ejemplo, la cotidiana carne de tertulia. Lo peor de ellas es que no exigen gimnasia y el circuito neuronal se afofa. Lo peor del sentido crítico, el espíritu de la contradicción y la innegociable vocación de replanteamiento es que solo está al alcance de los más honestos consigo mismo. Sujetos mal vistos por gran parte del cuerpo social pero dispuestos a pagar el peaje, aguafiestas irredentos y proscritos sin otra meta que hurgar en las evidencias, cuando todo es tan relativo, salvo la muerte, las matemáticas y poco más. Paul Klee (Münchenbuchsee, Suiza, 1879-Muralto, Suiza, 1940) militó en la segunda estirpe. En su afán poliédrico y complejo frente al facilismo de lo unívoco y lo plano, utilizó dos armas: el arte y la ironía. La cosa le dio resultado por partida doble, tanto en su abrumador ejercicio de plasmación de la belleza (cerca de 10.000 obras pintadas) como en la puesta en marcha de toda una apisonadora dialéctica contra el dogma y la convención.
Los responsables del Museo Nacional de Arte Moderno del Centro Pompidou de París han sabido convertir esa doble condición del personaje en una exposición de tamaño generoso y ramificaciones inacabables. Para ello encargaron a una de las mayores especialistas mundiales en la vida y en la obra de Klee, la alemana Angela Lampe, no solo una acumulación de cuadros –algo demasiado habitual en el circo de las grandes exposiciones- sino la construcción de un relato.

Las 230 obras proceden de museos como el Centro Paul Klee de Berna, el MoMa de Nueva York, el propio Centro Pompidou o el Israel Museum de Jerusalén, que ha prestado para la ocasión una de las pinturas más importantes y delicadas del artista: Angelus Novus, una acuarela en tonos arenosos sobre papel que llegó a obsesionar a su propietario, el filósofo y escritor Walter Benjamin, una obra capital del arte del siglo XX que remite al Talmud y que inspiró a Benjamin su teoría de El ángel de la Historia.
Angelus Novus tan solo permanecerá expuesto en París por espacio de dos meses, pues ese es el plazo máximo de cesión que, debido al muy delicado estado de la obra (cuestión recurrente en la pintura de Klee, que utilizaba todo tipo de soportes, a menudo poco o nada académicos) han tolerado los responsables del museo israelí. La pequeña pintura se exhibe, por primera vez, junto a otra obra que también perteneció a Benjamin, La presentación del milagro, y que el filósofo muerto en Portbou hubo de vender al MoMa para financiar el exilio al que le había llevado su guerra contra el nazismo. La exhibición conjunta de las dos obras es, según la comisaria Angela Lampe, “el verdadero tesoro de esta exposición”.
La regla de oro que corona el relato trazado por ella en las paredes del museo parisiense es sencilla: se puede mostrar la belleza a través de su contrario. Es muy humano: contemplamos la fealdad y pensamos en la belleza. El canon y el anticanon. El antagonismo como motor de creación y mensaje, utilizado y reutilizado por Klee siguiendo las huellas del autor original de la idea, el pensador alemán del XIX Friedrich Schlegel. La ironía romántica, a saber, el conjunto de procedimientos creativos y mentales orquestado por un artista o un escritor para superar los límites de lo establecido. En otras palabras: la forma en que algunos genios se lo montaron y se lo montan para ir a la contra de casi todo y salir airosos, e incluso triunfales.
Entonces, el visitante recorre las salas de esta exposición (hasta el 1 de agosto) y a nada que ponga un poco de su parte y le dedique un poco de tiempo a ese ejercicio en vías de desaparición llamado ver y pensar comprueba que no, que las aparentemente amables, etéreas, a menudo aéreas y casi siempre infantiles pinturas de Paul Klee no lo son tanto. O sí lo son, pero son mucho más. Tras lo apacible surge lo terrible.
“No hace falta que nadie ironice sobre mí… ya lo hago yo por ellos”, dejó dicho este auténtico “alborotador intelectual” como lo define Angela Lampe delante de Insula Dulcamara, la pintura de mayor formato de la exposición. Para Klee la ironía era “una bufonada trascendental”, y evidentemente aquí la palabra clave es trascendental, no bufonada. Él tiene la ambición de trascender, está claro, cuando pinta otra de las obras presentes en el Pompidou, en la que muy sutil pero muy claramente hace saltar por los aires la célebre cruz negra de Malevich, uno de los iconos del movimiento suprematista y sus dogmáticos seguidores, que habían masacrado a Klee por considerarlo un artista puramente individualista y, por lo tanto, un burgués enemigo del pueblo. Pero la venganza es un cuadro que se sirve frío, debió de pensar el acusado.

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