martes, 22 de marzo de 2016

El MACBA exhibe a un perro muerto en una vitrina en una de sus exposiciones



Dijo la polémica Marina Abramovic que “el público es como un perro, puede sentir el miedo”. Sin embargo, el can que exhibe el venezolano José Antonio Hernández-Díez en el MACBA no siente absolutamente nada, está disecado y expuesto en una vitrina. La polémica obra, realizada por el artista en los años 90, recibe el nombre de una leyenda, la de San Guinefort, en la región francesa de Dombes, donde los habitantes veneraron a un lebrel asesinado por su amo por error.
Más allá del sentido de la obra y la intención del artista –construir “una cámara en la que la materia no se corrompiera”– y a pesar de que Hernández-Díez suscriba que el animal no sufrió y que se lo entregaron muerto para embalsamarlo, lo que se expone para deleite y reflexión es el cadáver de un ser vivo, sumándose su creador a la larga lista de autores polémicos que han utilizado cuerpos, animales o humanos, para vehicular sus ideas, lo que obliga a preguntarse cuáles son los límites del arte, si es que los tiene y cuáles los del artista.
No es ni mucho menos una idea original, la utilización de cadáveres con objeto de provocar es moneda común en el arte. Una de las actuaciones más famosas la protagonizó el artista alemán Joseph Beuys en 1965, cuando realizó un 'happening' donde explicaba sus obras a una liebre muerta que tenía en los brazos ('Cómo explicar los cuadros a una libre muerta').
Si bien tanto la liebre como el perro de MACBA estaban ya muertos, otros se propusieron asesinarlos en nombre del arte. Éste fue el caso de Habacuc Guillermo Vargas, quien ató a un perro en un galería rodeado de comida que no podía alcanzar, y dejó que se muriera de hambre ante la impávida mirada de los espectadores. Después del vendaval de críticas que suscitó la obra, Vargas declaró en una entrevista que hubiera desatado al perro si alguien entre el público se lo hubiera pedido.

Los límites de la provocación

También el cuerpo humano, vivo o muerto, es objeto de exhibición. La exposición itinerante 'Bodies' utiliza cadáveres humanos, sus huesos y músculos expuestos, con fines didácticos; sin embargo, solo una parte de ellos pertenecen a donantes, el resto fueron cuerpos no reclamados, que acabaron divirtiendo nuestra curiosidad científico-morbosa.
A veces es el mismo artista quien expone su cuerpo, lo cede al público con objeto de ver hasta dónde puede llegar el hombre henchido de poder. En una de las performances más célebres de Marina AbramovicRhythm 0, realizada en Nápoles en 1974, la artista invitó a la audiencia a que le hicieran cuanto quisieran utilizando para ello 72 objetos. Más tarde Abramovic diría: “Lo que he aprendido es que si dejas al público que te haga lo que quiera, podrían matarte”. La gravedad de las imagénes no es para menos, a Abramovic la ridiculizan, la tocan… y ella permanece estoica y expuesta. Al menos en este caso hay voluntad expresa de ser sujeto y objeto artístico, de vehicular una idea a través de uno mismo.

E igualmente ha ocurrido otras tantas veces, tanto que la palabra transgresión ha perdido algo de fuelle: en 2013 Clayton Pettet, un joven estudiante de arte decidió perder la virginidad como proyecto de fin de carrera, delante de cien personas y en una galería; otra artista estadounidense dio a luz en 2011 en una galería de arte y el alemán Gregor Schneider se propuso mostrar “la belleza de la muerte” exponiendo a un enfermo agonizante en un museo (aunque no lo llevó a cabo). Un largo etcétera de experimentos a cuál más calculadamente provocador...



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