lunes, 27 de julio de 2015

El mundo turbulento de Mona Hatoum pone patas arriba el Pompidou



El mapa de un archipiélago recibe al visitante en la Galería 1 del Centro Pompidou. Diminutas perlas de vidrio rojo incrustadas en más de 2.200 bloques de jabón dibujan los contornos de decenas de pequeñas islas. El perfume a limpio invade la sala. De fondo escuchamos a Mona Hatoum. “So much I want to say”. Quiero decir tantas cosas, repite en bucle desde una pantalla. Desde el lado opuesto de la sala, la artista mira al mapa, Present tense, un tiempo presente pero también presente tenso, a través de una pesada jaula de hierro, Cube, y observa ceñuda a un pequeño soldado de plástico posado sobre su nariz. “Over my dead body”, por encima de mi cadáver, pase lo que pase, yo seguiré aquí, parece decirle.
Un segundo vistazo al mapa. No es un archipiélago. Es la Palestina que queda tras los acuerdos de Oslo de 1993 y los estragos de la colonización israelí. Un territorio sin integridad ni continuidad, cada vez más reducido que, como el jabón fabricado artesanalmente en Nablús, esa ciudad sitiada por el ejército hebreo y empapelada con las fotos de los mártires, se ha convertido en un mundo que se disuelve, resbaladizo, que acabará desapareciendo.
Así se presenta Mona Hatoum. Este es el autorretrato con el que da la bienvenida a los visitantes. Política y poética. Pesimista, quizás. Con un pasado y una identidad nómada y exiliada que exorciza desde el arte. La británica, una de las artistas más influyentes del momento, protagoniza la gran exposición del verano en el Centro Pompidou de París, que le dedica, hasta el 28 de septiembre, el monográfico más completo hasta la fecha de esta creadora pluridisciplinar y atípica.
Nacida en 1952 en Beirut de padres palestinos, la vida de Hatoum, como la de sus progenitores, quedó marcada por el exilio. Sus padres tuvieron que huir de Haifa en 1948 y nunca más pudieron regresar a su tierra. Como si de una tragedia antigua se tratara, la historia se repitió en 1975 con una entonces joven Mona, de viaje en Londres cuando estalló la guerra de Líbano. El aeropuerto de la capital libanesa cerró, y ella no pudo volver durante años. Su refugio fue el arte y el exilio quedó como una cicatriz.
“Siento como si me hubieran desnudado de mi alma”, confía la madre de la artista en una de las cartas que le envió durante su separación, y que Hatoum ha convertido en el vídeo Measures of Distance (las medidas de la distancia). En un plano fijo, la madre, en su ducha de Beirut. La caligrafía árabe de las cartas hace de cortina de baño. O de alambre de espino. Hay mucho dolor en esas palabras, mucho amor también, y desarraigo sobre un fondo de ruptura social, de guerra: “no te he podido escribir antes porque bombardearon la oficina de correos del barrio, así que te mando esta carta con tu primo, que viaja a Catar”.
Un centenar de piezas, que van desde sus primeros trabajos en los años 70 hasta la actualidad, dibujan un plano de las obsesiones de la artista. Papel, video, escultura, performance, instalaciones a gran escala... ningún medio le es ajeno a Mona Hatoum, que ha hecho arte de sus uñas, sangre, orina y pelo. Sobre todo, pelo. Hatoum posee una frondosa melena rizada que está repartida por toda la exposición. Hay pelos por todas partes. Bolas de pelo, de su pelo, recogidas a lo largo de seis años, en Recollection; largos mechones de cabello de mujer tejido en “Keffieh” (kufiya), el tradicional chal que portan los hombres en Oriente Medio.
“Hatoum atraviesa todas las corrientes artísticas, la cinética, el minimalismo, el arte conceptual. Está muy comprometida políticamente y a la vez tiene un vocabulario formal muy recurrente, que parte siempre de la organización a través de una rejilla, de una red, pero en el que el desorden se acaba imponiendo a pesar de todo”, explica a El Confidencial la comisaria de la exposición, Christine Van Assche. El orden y el desorden se persiguen en una rueda sin fin en + and -, donde un brazo rotatorio peina una gran cubeta de arena y crea y destruye ondas en un ciclo permanente.
Entre sus obsesiones, los peligros -literales y figurados- que encierra el universo doméstico, en el que los utensilios de cocina, conectados a una corriente eléctrica, chirrían, se encienden y casi chisporrotean, o en el que un diván a modo de gigante rallador, “Daybed”, no ofrece descanso sino dolor. “Ella siempre ha negado tener una visión feminista del arte, pero también deja muy abierta la interpretación de la obra, busca ofrecer poca información para que el público saque sus propias conclusiones y entre ellas es fácil ver un feminismo comprometido”, aventura Van Assche.
Con humor, juega con las palabras, como con los retratos doblemente estáticos de unos jóvenes (Static Portraits), por su quietud y por su pelo de punta causado por la electricidad estática, o con el Grater divide, el rallador victoriano gigante que divide el espacio de forma agresiva. La perturbadora Light sentence, donde una sola bombilla que sube y baja del techo proyecta sobre las paredes de la sala formas en constante movimiento de unas jaulas de malla metálica, es a la vez una pena de prisión (sentence) ligera (light), pero también es una sentencia de luz. El efecto es mareante, como si el suelo se moviera bajo nuestros pies.
Los orígenes marcan. Pero no son los únicos que definen la obra de esta artista, que lleva media vida viviendo en Europa. La existencia en las grandes urbes de Occidente, la violencia institucional con la que se ha encontrado Hatoum en esta segunda parte de su vida y que, según ha dicho la propia artista en otras ocasiones, “compartimenta a los individuos, los confina a un espacio y los pone bajo vigilancia”, está presente en piezas como Quarters, donde unas enormes literas de cinco pisos se asemejan a los bloques de viviendas que afloran en la periferia de cualquier gran ciudad. Capas y capas de gente habitando unas encima de las otras. Comiendo unas encima de otras. Defecando. Durmiendo.
El mundo turbulento en el que vive Mona Hatoum es, por supuesto, una proyección de Peters, pero también está en constante movimiento, es un mundo en peligro y peligroso, imposible de abordar porque las fronteras están trazadas con neón rojo que amenaza con electrocutarnos, como en Hotspot. O que nos recuerda como en Map, sin duda la instalación más impresionante de la muestra, que se expone frente a un inmenso ventanal de la sexta planta del Pompidou, que nuestro mundo, formado por miles de canicas de cristal, es vulnerable, inestable, que cada paso nuestro puede provocar la catástrofe.

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