sábado, 6 de junio de 2015

Cuba, una Bienal de Arte eterna



La capital cubana se ha convertido estos días en una gigantesca galería de arte. Museos, fortalezas coloniales, calles, malecones, barrios marginales y una barbaridad de casas y apartamentos particulares han abierto sus espacios a los cientos de artistas de Cuba y de 50 países del mundo que participan en la 12 Bienal de La Habana, una cita marcada por el actual momento de distensión política entre Washington y La Habana y que, más allá de calidades artísticas, pasará a la historia como la Bienal del diálogo y del reencuentro.
Desde su inauguración, el pasado 22 de mayo, en La Habana se habla inglés: literalmente, son cientos -¿miles?- los coleccionistas, galeristas, curadores, directores de museos y ojeadores de arte norteamericanos que han tomado la ciudad por asalto. Oficialmente, los organizadores calculan en 1.400 los estadounidenses con credencial. Pero son muchos más los que desde la semana pasada recorren las salas de exhibición y los talleres de los artistas cubanos en busca de oportunidades.
“Ohh! ¡Wow! It’s amazing!”.
La exclamación era de un miembro del Museo del Bronx anteObstáculos, pieza del marroquí Mounir Fatmi, situada en el malecón habanero como parte de la muestra colateral Detrás del muro. La obra, una acumulación de obstáculos de madera pintados con los colores de la bandera de las barras y las estrellas, “ya no es un estorbo infranqueable, sino que está a nivel del suelo”, al decir de Juan Delgado, comisario de la exposición, que exhibe obra de 51 artistas a lo largo de las 14 manzanas más emblemáticas del paseo marítimo de La Habana.
Allí mismo, frente al mar, el artista de Nueva York Duke Riley inauguró el domingo una pista de patinaje sobre hielo (sin hielo) de 8,5 metros por 25, donde los niños del barrio, sin camisa y deslizándose bajo el sol tropical, eran parte de la performanceVacio,la propuesta del cubano Glexis Novoa -quien se marchó de su país hace 20 años- intervino un espacio semiderruido en el malecón (donde habitan dos personas) reflexionando sobre el pasado y el futuro que espera a sus compatriotas. En uno de sus 15 dibujos en grafito se adivina un Lenin derribado que llama la atención sobre la revolución que sobrevendrá tras la decisión de Cuba y EE UU de normalizar sus relaciones. Una revolución que, a juicio de Novoa, conservará “poco de romántica y tendrá mucho de individualidad”.
En el museo más importante de Cuba presentaron sus piezas artistas jóvenes pero bien conocidos, como Wilfredo Prieto o Alexandre Arrechea, que con la impactante ‘El mapa del silencio’ viajó de la arquitectura a la intimidad, donde sobres de correo construidos en madera son abiertos por manos de acero (pieza que se llama ‘La vida de los otros’, por si quedaban dudas).En el edificio de arte cubano de Bellas Artes se mostró la obra de consagrados como Tomás Sánchez y Gustavo Pérez Monzón (ambos miembros del mítico grupo de Volumen I, rompedora exposición colectiva que en 1981 revolucionó el panorama del arte cubano). Se da la circunstancia de que Pérez Monzón se marchó del país y sólo ha regresado ahora de la mano de la coleccionista Ella Fontanals Ciseneros, que atesora buena parte de su obra.
En estos días revueltos Los Carpinteros (Arrechea durante años formó parte de este grupo creativo) inauguraron un estudio con todos los hierros en el que a partir de ahora trabajarán coordinadamente con su taller madrileño. Acudió a la apertura de este espacio su galerista de Nueva York, Sean Kelly, que destacó “la oportunidad histórica de este momento, tanto para el arte cubano como para las relaciones entre Cuba y EE UU”. “El arte puede transformarlo todo. No hay que desaprovechar la coyuntura”, dijo Kelly, otro de los que lleva tiempo apostando por el diálogo y el reencuentro.

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BLANCA ORAA MOYUA