miércoles, 13 de mayo de 2015

La otra Bienal de Venecia: cuando la periferia es el centro



VENECIA.- Fue el suizo Harald Szeemann, dos veces director de la Bienal, quien impuso a fines del siglo XX el esquema de una gran muestra abierta a todas las disciplinas que sería expuesta en el pabellón internacional de los Giardini y en el primer tramo de los Arsenales. Desde entonces esta selección lleva la firma del curador general, que en la 56a Exhibición Internacional de Arte es el africano Okwui Enwezor. Todavía hoy se sigue hablando en el edénico escenario que huele a jazmín del giro copernicano impuesto por el nigeriano con su guión curatorial.
El lema Todos los futuros posibles plantea un interrogante: ¿cómo en la era del progreso y de la tecnología crecen la ansiedad y las desigualdades? Para sostener esta hipótesis, Enwezor seleccionó obras de 136 artistas, de 53 países; 88 de ellos exponen por primera vez. El mundo árabe, africano y latinoamericano están presentes con trabajos que vienen de Amán, Zagreb, Ghana, Maputo, Buenos Aires y Perú. En el revés de la trama, el maisntream sostiene a la Bienal con el apoyo de dos grandes sponsors: cafe Illy y Swatch.
Además de desigualdades en el mundo, la presente edición exhibe algunas contradiciones que un curador ocurrente definió como "Bolche & Gabanna", en alusión al tufillo fashion propio de los días previos a la apertura y, al mismo tiempo, la lectura programática de El capital que se ejecuta en un auditorio ad hoc. Dos actores leen sin parar el texto de Marx como si fuera un oratorio. No se sabe si los visitantes escuchan o simplemente aprovechan la pausa para descansar un rato en mullidos almohadones.
Formado en los Estados Unidos, director del Museo de Arte Moderno de Munich, curador de Documenta de Kassel y de la Bienal de Corea, Enwezor eligió para su muestra el terrible video de Boltanski La Tos (un hombre se desangra frente a la cámara de un ataque de tos); los trabajos tempranos de Hans Haacke, como la bellísima Blue sail (1965), una vela azul que ondea por impulso de un ventilador. Y al inclasificable Tiravanija, tailandés nacido en Buenos Aires en 1961, que montó una fábrica de ladrillos para venderlos a, por los menos, 10 euros cada uno. Llevan inscripto el número 14.086 que es la cantidad que se necesita para construir una casa modesta en China. Léase como una manera de hacer arte comunitario.
El curador nigeriano explora la periferia, aunque usa trajes de corte irreprochable de marcas de alta gama. Cuando preparaba esta Bienal, visitó Buenos Aires invitado por Ximena Caminos y Teresa Anchorena para ver arte y celebrar los diez años del Faena Hotel. Recorrió también -por consejo de Victoria Noorthoorn, directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires- talleres de artistas. Y de ese recorrido guardó tres nombres que fueron finalmente seleccionados: Ana Gallardo, Eduardo Basualdo y Ernesto Ballesteros. Un triunfo para Noorthoorn, porque Basulado y Ballesteros integraron el dream team de su selección para la Bienal de Lyon, cuando fue su curadora general.
Ana Gallardo (Rosario, 1958) ha trabajado siempre buceando en los márgenes. En este caso entregó arcilla y humus a un grupo de presas de la cárcel de mujeres de la Giudecca, en Venecia, para que hicieran con sus manos piezas de arcilla, en las que modelaban también sus sueños y deseos incumplidos. Esta entrega forma parte del proyecto El Pedimento, inspirado en un rito mexicano de Oxaca. La obra está montada sobre una montaña de arcilla y humus, materia misma con la que construyen ese ingenuo mundo de pequeñas piezas donde la ternura reemplaza la violencia.
Ernesto Ballesteros (Buenos Aires, 1963) muestra su performance Vuelos del interior realizados con un mini planeador que mantiene al espectador hipnotizado los pocos segundos que se mantiene en el aire. La obra exige la participación del artista; mientras dure la Bienal, Ballesteros estará instalado en los Arsenales.
Las obras de Eduardo Basualdo (Buenos Aires, 1977) imponen una pausa en el recorrido intenso, barroco y desmesurado de los Arsenales. Muestra papeles arrugados, una puerta y un mango de puñal que proyecta su cuchilla sobre una mesa. Nada es lo que parece ser o el ojo ve lo que a simple vista no mira. En ese juego se instala una obra de pureza conceptual, que al igual que los trabajos de Gallardo y Ballesteros, expande al máximo la experiencia del arte con recursos mínimos.

LOS PREMIOS

El jurado de premiación de Bienal de Venecia también estuvo mirando en los márgenes. El Anatsui recibió el León de Oro por su trayectoria. Nacido en Ghana, su obra -como la de Enwezor- contribuyó al reconocimiento de los artistas africanos en el mundo y forma parte de grandes colecciones. El galardón a la mejor participación nacional fue para la República de Armenia, por Armenity/Haiyutioun: en la isla de San Lazzaro degli Armeni, una decena de artistas armenios de la diáspora se abocaron a plasmar la resistencia, la fuerza y la capacidad para encontrar un nuevo soplo vital, en este año en que se conmemora el centenario del genocidio de 1915.
León de Oro al mejor artista fue para la estadounidense Adrian Piper, por The Probable Trust Registry: The Rules of the Game # 1-3: textos irónicos y frases clichés para expandir la condena a modelos neoliberales. La estatuilla de Plata al mejor artista joven: el surcoreano Im Heung-Soon por Factory Complex, en éste que ha sido, sin duda, el año de Corea.
Entre las 44 acciones colaterales que se exhiben en Venecia la formidable y sutil serie de trabajos del grupo Dansaekhwa seleccionados por Yongwoo Lee resulta una celebración visual de la belleza. Imperdible. El jurado decidió también conceder menciones especiales al alemán Harun Farocki; al colectivo sirio Abunaddra, así como al argelino Masinisa Selmani. A la hora de los premios, la periferia también se vuelve centro.

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BLANCA ORAA MOYUA