sábado, 11 de abril de 2015

¿Es lícito exhibir a dos pobres en una exposición de arte?





La vida es un inmenso display. Una exposición infinita en la que todo, desde lo más sagrado hasta lo más profano, se ha convertido en carne de museo. El comunismo y la Guerra Civil, el grupo armado Baader Meinhof y los trajes de Gaddafi, Guantánamo y la acción social (siempre y cuando, eso sí, la asumamos como “una de las bellas artes”).
Nuevas tecnologías y viejas vanidades se acoplan para diseminar este síntoma contemporáneo, esa continuación del Ready Made por otros medios. ¿Qué significa “por otros medios”? Pues que si Duchamp o más tarde Jeff Koons le concedieron entidad artística a algunos objetos —un urinario, una aspiradora— por el mero hecho de colocarlos en un museo o una galería, ahora ha llegado el turno de los sujetos.
Antes fueron las cosas, hoy las causas.
El último apretón a la tuerca va más allá de exponer la revolución o las batallas sociales, las guerras de género o las injusticias. Ahora avanzamos hacia la exposición de personas. Acaba de suceder en un museo de Malmö, que ha exhibido dos mendigos rumanos. Antes, en Londres, un proyecto de Brett Bailey, Exhibit B, se inspiró en los zoológicos humanos de la época colonial para mostrar a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y un poco más allá en la línea del tiempo nos encontramos el Museo Judío de Berlín, que nos deleitó con otra obra “humana”: Judíos en la vitrina.

Pero lo cierto es que, a estas alturas, resulta difícil tragarse estas operaciones que establecen la denuncia del crimen reproduciendo el crimen, que redoblan la dominación para que la veamos mejor, y que llegan a exponer humanos con el objetivo de relatarnos la crisis del humanismo. Todo eso a base de ignorar que, salvo en los estereotipos de los paladines del llamado arte relacional, los “otros”, los “sujetos subalternos” o los “sometidos” son tan diferentes entre sí como aquellos que los encasillan en su presunciones. No hace falta decir que todo esto responde a las mejores intenciones, y que está gobernado por la crítica a los estereotipos o al racismo, por la remoción de nuestras occidentales conciencias y por las más variadas denuncias. Y, claro, es nuestro problema si nos cuesta discernir entre crítica y frivolidad, verdad e imagen, arte y provocación, cultura y publicidad…
Tal vez estamos asistiendo al último ramalazo de una estética. A la confirmación de que el ciclo que empezó con Duchamp ha llegado a su fin. Y no se trata de una nimiedad. Porque si este declive es real, ya no tendrá sentido hablar de eso que, por pereza, seguimos llamando arte contemporáneo.

Mendigos Museo

Por Martín Caparrós

Debe ser bastante insoportable. Dos personas se exhiben: son exhibidas. Dos personas —rumanos, dicen, y gitanos— entre los cientos que recorren todos los días las calles gélidas de Malmö pidiendo limosnas se exhiben en una sala de museo. Debe ser bastante insoportable entrar en un espacio grande, casi vacío, con solo dos personas —él con muletas, ella un embarazo— sentadas en el suelo, paredes enfrentadas, mirando hacia la nada, tan expuestas. ¿Cómo mirarlas, cómo correr el riesgo de cruzar sus miradas? Debe ser bastante insoportable. Y debe ser fácil reaccionar contra esa molestia subiéndose al banquito moralista.
Dos personas se exhiben: son exhibidas. Nadie se alarma cuando están en las calles pidiendo, tiritando. Pero si alguien que se piensa como artista los pone en escena, claman que los explota. Una explotación intolerable —dicen— de dos seres humanos. Si los hubieran contratado para pasarse diez horas frente a una máquina de coser —digamos— por un par de monedas no habría molestado. Como quien dice: el problema no es producir la pobreza, no es convivir con la pobreza; el problema es mostrarla. Dos personas trabajan —temporariamente— de exhibirse, como tantos en nuestra sociedad. Son modelos que no dejan de comer porque quieran adaptarse a una moda de esqueletos sino porque no tienen. Dos personas son exhibidas y provocan debate.

En el museo de Malmö, por un arte de birlibirloque, los dos mendigos se vuelven orinales de Duchamp, con perdón: te obligan a pensar en el arte y a pensar en ellos. Ya no son mendigos: son representaciones de mendigos, son la categoría mendigo puesta en evidencia, son reflexiones sobre el desplazamiento, la miseria, el desespero, la esperanza. Son, al serlo, respuestas posibles a la pregunta que más me interesa últimamente: ¿cómo hacer para que se vean ciertas cosas? ¿Qué, para romper esa ceguera selectiva en la que basamos tanto de nuestras vidas? ¿Qué, para deshacer la construcción más laboriosa, la de nuestra ignorancia? Porque si no encontráramos las formas de ignorar, ¿cómo carajo conseguiríamos vivir sabiendo que pasan estas cosas?Duchamp ya lleva medio siglo muerto. En tiempos en que se hace tan difícil definir qué es arte —y qué no es, tiempos en que se hace tan difícil sobre todo atreverse a decir esto no es arte— se podría suponer que arte es aquello que consigue resignificar lo des-significado: que te obliga a leer allí donde, en general, ya no ves nada. Y, también: aquello que te lleva a enfrentarte con lo que no querías, y pensarlo.
Me gusta que la obra —digamos: obra— no estuviese firmada, que no hubiera un sujeto cuyo nombre se infló con esta exhibición. Me preocupa, si acaso, lo que pasa con ellos dos ahora, cuando la exhibición ya terminó. Contra la vieja certeza latina —ars longa, vita brevis— en este caso el arte ha sido breve, larga la vida, y ahora los dos estarán otra vez en la ramera calle. Donde vuelven a convertirse en invisibles, donde se debaten sin despertar debate alguno.
Martín Caparrós es escritor argentino. Su último libro es El Hambre (Anagrama).

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