lunes, 27 de abril de 2015

El cuerpo del artista como arte

Ura crítica muy interesante.






En la primavera de 2010, el MoMA inauguró una performance de Marina Abramovic que consistía en que la artista estaba sentada en una silla de madera ante una mesa pequeña en mitad del gran vestíbulo del museo. Frente a ella, al otro lado de la mesa, había una silla vacía. La artista se había comprometido a permanecer allí sentada durante todo el día sin hablar ni moverse, ni siquiera para ir al baño. Los visitantes, por riguroso turno, podían sentarse frente a ella todo el tiempo que desearan para contemplarla de cerca en silencio y sentirse participantes de la obra. Algunos estaban solo un par de minutos, pero otros aguantaban más de siete horas, ante la protesta de cuantos esperaban impacientes su turno en una cola que daba la vuelta a la manzana. Quienes se sentaban frente a la artista juraban que habían experimentado una paz interior inenarrable. Algunos incluso lloraban. La performance fue el suceso artístico del año 2010 en Nueva York.
Antes y después de este número, Marina Abramovic, hasta entonces desconocida, ya había rendido culto al arte masturbándose y defecando en público e incluso representando su propio entierro. Marina Abramovic empezó su carrera punteándose con una navaja entre los dedos abiertos de la mano hasta hacerse sangre si se equivocaba. Ese mismo número ya lo había realizado por puro aburrimiento en el café Les Deux Magots de París, en 1936, una chica desconocida llamada Dora Maar. Este acto inusitado llamó la atención de Picasso, que estaba sentado con el poeta Paul Eluard en la mesa de al lado. Picasso se acercó a la chica para pedirle de recuerdo el guante ensangrentado, una pieza por la que hoy se pagarían millones de dólares en una subasta de Sotheby’s. Esta escena de Dora Maar no estaba preparada, no era arte, sino un simple acto de masoquismo que excitó al gran artista hasta el punto de convertir a aquella joven en su amante.
Uno de los conciertos más famosos de la historia musical se dio en 1962 en el Maverick Hall de Woodstock de NY. El pianista David Tudor iba a interpretar una pieza del compositor de moda John Cage. Subió al escenario y se sentó al piano ante un público expectante, que había pagado a buen precio la entrada. El pianista no pulsó ninguna tecla. Después de permanecer media hora absolutamente inmóvil, abandonó el escenario ante la protesta de los espectadores, que solo se calmaron cuando John Cage les dio una explicación coherente: la pieza musical consistía en escuchar en medio del silencio el ruido de la calle y de la lluvia sobre el tejado.
Desde que Rauschenberg y sus amigos, en los lejanos años cincuenta del siglo pasado, decidieron que el cuerpo humano también formaba parte del arte conceptual, más allá de la creación de Marcel Duchamp aplicada solo a los objetos, comenzó la locura de happenings,performances e instalaciones, que han llevado a las últimas vanguardias a un laberinto sin salida.
Yves Klein inventó las Antropometrías. Fue el primero en empapar cuerpos de chicas desnudas con pintura azul y usarlos como brochas humanas restregándolas por el suelo y las paredes de la galería vacía. Este juego entre el escándalo y lo sorprendente se apoderó muy pronto de las ferias de arte, donde se cruzan el dinero, la vanidad y la pasión de los coleccionistas en medio de un aire de fiesta en la que no debes escandalizarte ni sorprenderte de nada si no quieres quedar como patán.
En la feria de Miami, una coleccionista millonaria, caprichosa, sofisticada y pasada de rosca entró en una galería de última vanguardia, donde fue recibida por un joven marchante muy atractivo y decadente. En aquel espacio había cuadros y esculturas de artistas famosos, pero la coleccionista se detuvo ante una gabardina que parecía haberse caído en la alfombra desde el perchero. Iba a recogerla y entregarla al marchante, pero al inclinarse descubrió que de la manga colgaba una etiqueta con una cifra. Se trataba de una instalación que costaba 100.000 dólares. El galerista, con una elegancia de estar de vuelta de todo, le informó de que el precio era correcto. Sin duda, la sofisticada coleccionista, al saber que aquella gabardina valía más que un Ferrari pensó que debería contener algo muy especial en los bolsillos. “Nada”, —le dijo el joven marchante, “solo es el dinero el que ha convertido esta gabardina en una obra de arte”. La coleccionista le miró intensamente a los ojos. “¿Y su cuerpo cuánto vale?”, le preguntó. “Si nos metemos los dos en el cuarto de baño y hacemos el amor, nada. Pero si ahora nos desnudamos en esta galería y copulamos en público podemos pedir por esa performance un precio desorbitado”.
En la Feria de Basilea, dos famosos coleccionistas, Frank Cohen, acaudalado constructor de Manchester, y Charles Saatchi, marchante de marca, se enzarzaron por la pasión de poseer una escultura de Terence Koh, puesta a la venta en la galería del norteamericano Javier Peres. La instalación de Koh consistía en una serie de cajas de cristal que contenían excrementos humanos recubiertos de oro de 24 quilates, una manifestación contra el consumismo, según algunos críticos. Frank Cohen se llevó esta obra a casa por 68.000 libras.
Arte conceptual no es solo lo que sale de la mente del artista. También lo es si lo libera cualquier otro organismo de su cuerpo. Los excrementos humanos recubiertos de oro llevan a una pregunta inapelable: después de haber llevado el arte hasta el final de la creación ¿no será este el momento de empezar de nuevo por la inocencia de la pintura rupestre?

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BLANCA ORAA MOYUA