jueves, 5 de marzo de 2015

Morandi y Bolonia, amor metafísico


Pintores metafísicos como Morandi buscan lo que los ojos no pueden ver, lo invisible, su atmósfera, su reflejo. Morandi también quiere captar lo intemporal e incluso detener el tiempo. El artista encontró en estos objetos una compañía para el existir. A su manera, cada uno de ellos, por su tamaño, forma y volumen, son como flores secas, cuerpos momificados, segundos congelados, frágiles vasijas del afecto humano, flores amarillas como aquella de William Carlos Williams: “… no encontré ninguna cura, / más que esta flor torcida: / con solo / mirarla / los hombres sueñan…”. Morandi parece sugerirnos: “… no encontré ninguna cura, / más que en estos vasos, jarrones, botellas…”.
Morandi en su habitación-taller del amplio piso de la Via Fondazza, en la periferia del casco histórico. Después de la desaparición de toda la familia que en ella habitaba, Maria Teresa Morandi fue quien hizo la importante donación para el museo. El piso pasó por varias manos hasta que, en el año 1999, fue comprado por el Ayuntamiento de la ciudad. Aunque se mantiene tal cual el taller-habitación, el pequeño almacén y una especie de recibidor, el resto ya no tiene nada que ver con la antigua morada.Morandi en la Via Fondazza número 36. Aquí vivió con su madre viuda y alguna de sus hermanas (era familia numerosa) desde el año 1910 (había nacido en la misma Bolonia en 1890) hasta su muerte en 1964. Nunca se casó y apenas viajó fuera de las fronteras de su provincia natal. Los veranos los pasaba en Grizzana, un pueblo cercano a Bolonia, en los Apeninos. Mejor este estado civil, mejor esta vida monástica dedicada a la pintura, así se evitó aquello terrible que la bella e inteligente Alma Mahler dijo de su primer esposo músico: “Le irritaba mi goce de la vida, lo consideraba una abominación. Dinero: ¡basura! Ropa: ¡basura! Belleza: ¡basura! Viajes: ¡basura! Solo le importaba el espíritu. Ahora sé que tenía miedo de mi juventud y mi belleza”. 

Gustos geométricos

Los doscientos metros de superficie han sido divididos en dos espacios. Uno museístico y otro dedicado a la biblioteca-archivo (con sus propios libros y la mucha bibliografía que se le va dedicando en todo el mundo), así como una pequeña sala para conferencias y reuniones. En 2009 se abrió al público, pero poco después tuvo que cerrarse debido a problemas económicos. Gracias a la amabilidad de la dirección del museo se me muestra. En el lado expositivo vemos muchos objetos familiares y personales. Fotos, documentos, cartas, libros. Hay un documental. Sus primeros dibujos, unos diccionarios.
Cuando murió Morandi se fotografió todo su taller-habitación. Este hecho ayudó, años después, a reconstruirlo tal cual lo había dejado. Es realmente una celda de eremita. El único lujo es ese gran balcón que da al patio-jardín interior. Aquí pasaba todo el día trabajando, apenas veía a gente y le molestaba la vida social. Un camastro, una silla, una pequeña cómoda con libros presiden el resto de la estancia, que contiene caballetes, una mesa con pinceles y pinturas, así como, sobre varias repisas, los objetos originales tantas veces reproducidos. Llama la atención que muchas de estas jarras, floreros y botellas hayan sido, a su vez, pintados de blanco por el artista antes de ser trasladados al lienzo.En la reconstrucción de lo que antes era la antecámara, o el salón recibidor, hay otros cuadros de diferentes épocas heredados, así como una cabeza que le regaló al pintor el escultor Manzú, además de mobiliario variado. En un cuadro de 1915, un jarrón con flores, ya se ven las intenciones y los gustos geométricos. Entre la correspondencia exhibida hay cartas de cineastas como De Sica, Antonioni o Pontecorvo. El piso interior daba o dio, durante muchos años, a un campo abierto. Después de la Segunda Guerra Mundial, la especulación inmobiliaria acortó de manera drástica aquel espacio vital. El pintor luchó en vano para que no se perdiera. El reflejo de la luz cambió entonces sobre su taller y tuvo que reiniciar su búsqueda. Aún están los almendros y el gran olivo al cual tantas veces se refirió, pero encajonados entre invasores edificios.
Sobre la pared que más luz recogía hay pegados papeles, algunos de periódicos, para fijar los movimientos e intensidades de la luz en su rotación. El balcón no solo era un lugar para contemplar la naturaleza sino, sobre todo, para capturar el resplandor del día y traspasarlo a los objetos. Entre los libros de cabecera, las obras completas de Leopardi y Pascal. El pensador francés, al considerar lo irracional de la muerte y el vacío al que estamos abocados, se preguntaba si filosofar valía la pena. En cada cuadro del artista boloñés, esta misma cuita. Pascal, Leopardi, Morandi, tres personajes, incluso en sus vidas, también muy semejantes, pese a las diferentes vicisitudes de sus tiempos.
Las pocas salidas que efectuaba Giorgio Morandi las hacía a la Academia de Bellas Artes donde había estudiado de 1907 a 1913, y a la cual regresó como profesor de grabado de 1930 a 1956. No hizo demasiadas exposiciones en vida y su reconocimiento público se produjo con el Premio de la Bienal de Venecia en 1948, en 1957 con el de la Bienal de São Paulo y en 1962 con el Premio Rubens de la ciudad de Siegen. Poca cosa para tan sublime maestro. Lejos quedaba su presencia en el movimiento futurista, su amistad con De Chirico y las lecciones tomadas de los viejos maestros Giotto, Masaccio, Uccello, Piero della Francesca, Chardin, Corot o, más contemporáneamente, Cezanne, Picasso o Braque.

Donde antes se encontraba cocina y comedor ahora está la biblioteca. Unos 600 volúmenes, con estudios sobre Giotto, Della Francesca, Rembrandt, Chardin, Corot o Cézanne, además de la compañía de Pascal y Leopardi. Tenía una interesante colección arqueológica compartida con una de sus hermanas, que había vivido en Oriente. De Rembrandt hay varios aguafuertes, así como una obra de Bassano y la cabeza realizada por Manzú.A veces pienso que Morandi quiso contestar a los bodegones cubistas, deshumanizados, ateístas de Picasso, Braque o el español Juan Gris con estos otros cargados de piedad, compasión y laica sacralidad. En estos objetos tan sencillos están los pucheros de Santa Teresa, así como el verdadero, por desconocido, Santo Grial. La transubstanciación se produce en todos ellos. La luz provoca también el efecto de lo líquido. Sosiego y desasosiego. Al lado del taller-dormitorio hay una oscura habitación donde se guardan muchos más objetos utilizados por el artista. Otros floreros, botellas, flores de papel o tela, conchas de mar, fósiles, cantos rodados.
Después de un gran rato abandonamos el piso. Cerramos los balcones y, al apagar la luz eléctrica, se hace la total oscuridad. ¿Cómo vivirán los objetos en las tinieblas? Entonces noto inesperadamente cómo el ocaso cenital nos acaba venciendo siempre. No creemos del todo en la muerte hasta que acumulamos experiencias como esta: oscuridad y silencio. ¿Los objetos sentirán temor? Las personas se ausentan ante nuestros ojos, igual que los objetos de compañía. Nada tan impresionante en esta casa como esos enseres ya sin dueño, sin destino, sin función, libres de compromisos. Si en los cuadros siguen vivos es porque hay quien los mira, en este lugar las miradas sobre los originales son escasas y yacen ya en una penumbra entre la vida y la muerte. Una muerte lenta en su deterioro físico.

Pavarotti, coleccionista

De la vivienda particular nos trasladamos al Mambo (Museo de Arte Moderno de Bolonia), sito en la Via Don Minzoni número 14. En el año 1964, poco tiempo después de morir el artista, se creó un museo en su honor en el Palazzo d’Accursio, en la plaza Mayor de la ciudad. En 2012 tuvo que trasladarse temporalmente a este emplazamiento para llevar a cabo obras importantes de rehabilitación.

Mirar los cuadros de Morandi es como caminar a solas. La capacidad de hacerlo presupone mucho dolor pasado, pero también mucha felicidad. Kafka comparaba su caminar hacia la soledad con el de los ríos hacia el mar: “He avanzado un buen trecho, unas cinco horas a pie, solo y no lo suficientemente solo, por valles desiertos y no lo suficientemente desiertos”. Objetos del desierto también los de Morandi: objetos-palabras. Como a los seres humanos, tampoco se les puede descuidar ni olvidar. Allí están vivos, latentes, pensantes, saltan a la superficie y nos recuerdan que tan frágiles somos nosotros como ellos. La colección Morandi, procedente de donaciones como la de la hermana y de otras adquisiciones y préstamos como el del cantante Pavarotti, es muy interesante. Son un total de 85 obras. Escenografías inmóviles y geométricas. Cuadros pintados en un estudio y no en plena naturaleza. Flores secas, en papel o tela, en búcaros. Naturalezas muertas formadas por esos objetos desapercibidos de la vida cotidiana. Todas estas obras del pintor boloñés están acompañadas, en otras salas, por otras de artistas contemporáneos que lo homenajean: Tony Crag, Jean-Michel Folom, Mike Bidlo o Roberto Longhi, de quien se proyecta un interesantísimo documental. En los fondos del museo hay obras también de Gilberto Zorio, Pier Paolo Calzolari, Mario Ceroli, Alviani o Boetti.

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