miércoles, 21 de enero de 2015

El arte vasco hace inventario




  • Las robustas genealogías del arte vasco contemporáneo cuelgan en el Museo de San Telmo de San Sebastián de sus figuras tutelares en permanente enfrentamiento; Eduardo Chillida y Jorge Oteiza reciben al visitante de la exposición Suturak. Cerca a lo próximo como una advertencia de que lo que seguirá, una selección de un centenar de obras de creadores de varias generaciones, obedece en cierto modo a un tira y afloja, al complejo proceso de asimilación y refutación de la enorme influencia de los dos titanes.
    Sendas obras de los escultores y una cartografía del arte vasco de Juan Luis Moraza, de la que esta propuesta se antoja deudora, se rodean en una primera sección de un muestrario de carteles, pegatinas, logotipos y carátulas, prueba de que hubo un tiempo en que los creadores construían imaginarios colectivos, y que definen un contexto: Euskadi entre el final del franquismo y los primeros balbuceos democráticos, cuyas tensiones llegan hasta nuestros días, como ya sugiere Suturak, el título de la muestra. “Es una referencia al modo en el que la sociedad vasca va encontrando poco a poco su sutura”, explica Xabier Sáenz de Gorbea, comisario de la exposición junto a Enrique Martínez Goikoetxea, conservador de Artium, museo que aporta la mayor parte de la obra expuesta.
    Los clichés sobre la estética vasca (noble, ensimismada y apegada a la tierra) acaban por suerte hechos añicos en la sección titulada La risa lúcida, que se articula en torno a la escultura Súper Héroe Euskalduntzarra (1978), de los Hermanos Roscubas, en la que un encapuchado cabalga sobre una ikurriña para demostrar que, incluso en los años más severos, hubo lugar para el sarcasmo, gracias a esa generación que integraron en los setenta Vicente Ameztoy, Andrés Nagel, José Luis Zumeta o Ramón Zuriarrain.
    La ironía va tomando paulatinamente protagonismo a lo largo de un relato, dividido en 12 capítulos, que por fuerza ha de ser sombrío. “Es innegable que el conflicto ha ido acotando unas estéticas, unos planteamientos”, admite Sáenz de Gorbea, cuya elección como comisario parece acertada: crítico de arte del diario Deia, artista, profesor de Últimas Tendencias en la Universidad del País Vasco (alma mater de la mayoría de los creadores incluidos) y fundador de Windsor, galería decana de Bilbao, ha visto en primera fila la evolución de la estética que trata la muestra; de los tiempos heroicos al talento tallado al abrigo de las instituciones del siglo XXI.
    Aunque la muestra no pretenda ofrecer una tesis sobre qué es el arte vasco, sí certifica la existencia de temáticas recurrentes. El terrorismo está presente de un modo más o menos poético en la mesa de negociación imaginada por Francisco Ruiz de Infante, la escenografía propia de un comunicado de ETA sacada de contexto por Miriam Isasi o la fotografía de Pepo Salazar de una discoteca destrozada por un atentado. El territorio, el feminismo y la nueva escultura vasca son otras de las subtramas de una historia de la que se sale haciendo equilibrismos, como en la pieza En puntas (2013), de Javier Pérez —en la que una bailarina danza alzada sobre cuchillos en un piano— antes de entrar en la sección de estelas funerarias. En ella, la reinterpretación contemporánea del símbolo se confronta a la excepcional colección de arte fúnebre del Museo San Telmo.

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